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Donde, calavera
en mano, se sube al escenario del
mundo esperando que el cortinado
de terciopelo rojo sea capaz de
contener el rugido salvaje de guiñoles,
pantomimas, títeres, actores, utileros,
divas, tenores, bailarines, coreógrafos,
paisajes de escenografía, poleas,
directores celosos, vedettes, vestuaristas,
más un apuntador sordo y la gorda
de siempre que toca la campanilla.
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Fue en el perímetro
de una mesa de bar donde un grupo
de sanmiguelenses (todos avecindados
en San Miguel de Allende, México,
sin ser nativos) decidieron lanzar
a las calles una aventura editorial
llamada El Petit Journal. La idea
era aglutinar las diversas inquietudes
artísticas y literarias de la variopinta
fauna que se reunía una noche sí
y la otra también en el bar que
le dio nombre a la revista: el Petit
Bar.
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Hace unos años
Lola Lince
dejó Guadalajara, donde había
forjado una sólida carrera
de bailarina y coreógrafa
que comenzó en el cuerpo de
baile de Bellas Artes y evolucionó
hasta que Lola dirigió su
propia compañía y la convirtió
en una indudable protagonista
de la escena cultural mexicana.
Y se instaló en Guanajuato,
en un cómodo taller donde
se han gestado nuevas obras,
siempre sorprendentes, expresivas,
profundamente perturbadoras.
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