El siguiente relato se sitúa en 1945, a pocos días de
que el ejército estadounidense descubriera las cámaras subterráneas en donde H.W
Göring escondía todas las obras de arte, producto del saqueo del III Reich a Europa.
La colección ascendía a 1,200 cuadros procedentes de infinidad de museos, y para la
comisión de monumentos y bellas artes del ejército americano, el cuadro Cristo y la
Adúltera, de Jan Vermeer, no era más de una de las tantas obras maestras que ahí
se encontraban.
Jamás se hubieran imaginado que en ese momento estaban frente al más famoso caso de
piratería artística del cual se tenga noticia. Y lo que comenzó como una simple broma,
involucró más de 6 millones de dólares, además de comprometer a los más famosos
críticos y peritos de arte de todo el mundo.
El punto central del escándalo no era que el ejército alemán tuviera el lienzo del
pintor flamenco, lo realmente increíble es que no lo hubiese robado. Un oficial perito
holandés encontró en las cámaras ocultas unos papeles que atestiguaban que la obra
había sido vendida a Walther Hofer, agente de la GESTAPO en la cantidad de 850,000
dólares y que la venta, y esto es lo más increíble, se había realizado en Ámsterdam
en 1943.
El gobierno holandés considero que la venta de un cuadro de Vermeer a los nazis no era
poco menos que traición a la patria. Como Rembrandt, Vermeer es considerado gloria
nacional.
El lienzo regresó a los pocos días a Holanda, y la venta del cuadro fue rastreada hasta
llegar a un pintor de Ámsterdam, Hans Van Meegeren.
Dueño de algunos cabarets, Van Meegeren vivía acaudaladamente gracias a la venta de seis
cuadros de Vermeer, cinco de ellos vendidos a museos y coleccionistas holandeses y el
sexto Cristo y la Adúltera.
Al ser interrogado Van Meegeren dijo que lo había comprado a un
coleccionista italiano y que lo había vendido a Alemania; esta declaración escandalizó
a los holandeses, Van Meegeren había hecho compras a los fascistas italianos y había
comerciado con los nazis alemanes. Van Meegeren fue detenido.
Después de cuatro meses en la cárcel, y de largos interrogatorios por parte del gobierno
holandés para que Van Meegeren declarara su traición, este acabó por doblegarse y
confesó. -Les he vendido un Van Meegeren -.
Desde 1937 hasta 1943 seis pinturas adjudicadas a Vermeer y que habían sido vendidas por
ocho millones de florines habían sido pintadas totalmente por Hans Van Meegeren. No nada
más había engañado a los nazis, Van Meegeren pasó por encima de historiadores de arte,
peritos y coleccionistas de todo el mundo que habían alabado las obras del gran maestro
holandés. Inmediatamente las seis telas fueron puestas nuevamente bajo el más minucioso
trabajo de investigación para autentificar su autoría. De esta forma y pensando que lo
que decía Van Meegeren fuera cierto, no podía acusársele de que hubiera colaborado con
los alemanes. Pero los cuadros nuevamente pasaron todas las pruebas y hasta el más
mínimo escrutinio. Incluso la unión internacional de críticos de arte se atrevió a
declarar que el Cristo y la Adúltera era la obra maestra de Vermeer. No hace
falta mencionar que su reputación dependía de la autenticidad de estos lienzos.
Mientras tanto Van Meegeren seguía encerrado, hasta que su abogado, a
propuesta del propio pintor, planteó una singular defensa. El mismo Van Meegeren
pintaría un cuadro al más puro estilo de Vermeer y bajo vigilancia. Esta obra probaría
si decía la verdad o sólo trataba de zafarse de los cargos de traición a la patria.
Van Meegeren comenzó su defensa. Las autoridades le permitieron adquirir
todos los materiales que el solicitara y fue encerrado en un gran estudio. El óleo de Van
Meegeren cobró forma. Seis figuras en la tela representaban al niño discutiendo con los
ancianos, el cuadro tenía todas las características de Vermeer: los ocres
impresionantes, los azules exquisitos, el refinamiento de una técnica depurada, el toque pointillé.
Los materiales eran perfectos, lienzos del siglo XVII; la pintura era recalentada como la
recalentaba Vermeer y pinceles de pelo de tejón como se utilizaban entonces.
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Christ and the Disciples at Emmaus
Hans van Meegeren
1936-1937 |
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Después de unos
meses el cuadro quedó totalmente terminado, y se nombró un jurado internacional de
peritos de obras de arte. La sede era un museo en Ámsterdam en donde se exhibían las
seis obras, más la séptima y decisiva. Al mismo tiempo, Van Meegeren mostraba más
pruebas de su delito. Las sillas que Cristo ocupa en dos de sus lienzos, estaban
inspiradas en las sillas que el pintor tenía en su estudio. Las manos de Cristo no
estaban trazadas según las características de Vermeer, sino sobre las manos del propio
Van Meegeren. |
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Finalmente después de las pruebas se concluyó que
el séptimo óleo que Hans Van Meegeren había pintado era un exquisito
"Vermeer", y se determinó que las seis pinturas eran falsas. A Van Meegeren se
le condenó por falsificación intencionada, pero debido a su mala salud, su sentencia fue
de tan solo un año. La tensión durante el juicio deterioró notablemente a Van Meegeren,
que murió en diciembre de 1947, a los 58 años de edad.
Este caso, puso una vez más en duda la autenticidad de grandes colecciones. Un crítico
holandés, burlándose de lo que a pinturas antiguas se refiere, dijo: -No debemos olvidar
que de los 2500 cuadros pintados por Corot en toda su vida, 7500 están en Estados
Unidos-. Otros críticos citan la fábrica parisiense de Picassos y Utrillos que se
producían por docenas. Los Utrillos eran tan perfectos que el mismo Utrillo tenía que
observarlos una y otra vez antes de hacerse responsable de su autoría.
El número de cuadros adquiridos a lo largo de los años, atribuidos a Rembrandt, es de
seis a diez veces mayor que el máximo número de obras pintadas por él-. Así lo cita el
doctor de arte neoyorquino Maximilian Toch; y en el caso de otros artistas, Van Dick por
ejemplo, probablemente no pinto más de 70 cuadros de los dos mil que se le atribuyen.
Algunos críticos, que eran pocos pero defensores de Van Meegeren sostienen que los
cuadros apócrifos pasaron por auténticos y además fueron pagados como originales, por
lo tanto su autor era un genio por derecho propio; y añaden que no copio jamás una sola
obra, sino que las creo al estilo del viejo maestro. En Holanda califican el trabajo de
"impostura creadora" y afirmaron que Van Meegeren no era un criminal sino un
gran maestro. Quizá uno de los más grandes en su categoría.
Hans Van Meegeren asistió a la academia de La Haya entre 1920 y 1930, empezó a tener
reputación entre coleccionistas holandeses y londinenses, sobre todo como retratista de
la aristocracia. Van Meegeren rechazó pagar a algunos críticos sobre favorecer con sus
comentarios su obra en las exposiciones y los repudió indignado. Entonces Van Meegeren
fue despellejado vivo. Pero en 1936 Van Meegeren decidió tomar su venganza.
Hizo todos los preparativos para su jugada, estudió cuáles eran los maestros a quienes
podía imitar y decidió escoger a Vermeer, ¿por qué? - Porque sentía gran admiración
por él-, declaró al estar pintando su defensa. - Además su vida era bastante misteriosa
y su estilo el más fácil para mi, esto haría más razonable el descubrimiento de un
nuevo Vermeer-.
Los materiales tendrían que ser a toda prueba. Los peritos someterían a los cuadros al
efecto del alcohol en los pigmentos; usarían agujas hipodérmicas para determinar el
contenido químico de la pintura, emplearían rayos x e infrarrojos para fotografiar el
lienzo. Van Meegeren se adelantó a todos esos exámenes periciales.
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The Astronomer
1668
oil on canvas
19 3/8 x 17 3/4 in. (50 x 45 cm.)
The Louvre, Paris |
Young Woman with a
Water Pitcher
c. 1664-1665
oil on canvas
18 x 16 in. (45.7 x 40.6 cm)
The Metropolitan Museum of Art, New York |
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En archivos encontró que Vermeer utilizaba colores
como el lapislázuli, que es un azul hecho de polvo de este mineral, y el blanco de zinc
en vez del blanco de plomo. Con el fin de obtener lapislázuli Van Meegeren tuvo que pagar
hasta tres mil dólares por tubo. -La dificultad consistía en averiguar qué aceite
utilizaba Vermeer para mezclar sus óleos, los modernos utilizaban aceite de linaza pero
no me servía porque cuando se utiliza la pintura ni se pone dura ni envejece-. Van
Meegeren encontró finalmente el aceite adecuado en un viejo manuscrito y dejó la pintura
lista para la prueba al tratamiento del alcohol. Escogió como tema una escena de Cristo
partiendo el pan con sus discípulos en Emmaus. Durante siete meses trabajó Van Meegeren
en este cuadro, hasta que finalmente y después de revisarlo paso por paso, punto por
punto comprobó que nada le faltaba, ni siquiera las grietas de craquelado en la
superficie por el paso del tiempo. Sabía que la pintura anterior a Vermeer se craquelaba
en grietas grandes, pero en los lienzos del maestro las grietas eran pequeñas, formando
una especie de cadena. Van Meegeren logró que las grietas del cuadro fueran iguales a las
de Vermeer, haciendo pequeñas raspaduras y sometiéndolas después al calor de una
parrilla portátil.
Como conocía la vida de Vermeer, creó una historia lógica para el "hallazgo".
Sabía que Vermeer había trabajado con unos estudiantes italianos que eran amigos suyos.
Los italianos habían pintado a Cristo en Emmaus y llevado sus cuadros a Italia. Por lo
tanto era muy posible que Vermeer hubiese pintado un cuadro con este tema y que viajara
por Italia en épocas de su vida de las que no se tenía referencia. Van Meegeren decidió
que aquel nuevo Vermeer fuese descubierto en Italia, se enteraría del descubrimiento por
un amigo, la compraría y luego la revendería.
En Ámsterdam, Van Meegeren visitó a un viejo perito en arte holandés, el doctor Abraham
Bredius, que tenía entonces más de ochenta años; en parte por sentirse halagado de que
alguien volviese a consultarlo y en parte por su vista cansada, el doctor Bredius otorgó
después de hacer unas cuantas pruebas un certificado de autenticidad.
A fines de 1937, el gran museo Boymans de Rótterdam sometió el Vermeer a las pruebas de
autenticidad de reactivos químicos y rayos X e infrarrojos, lo declaró auténtico y
pagó a Van Meegeren la cantidad de medio millón de florines. En septiembre de 1938, el
cuadro se exhibió en una exposición de 450 obras maestras holandesas, con motivo del
jubileo de la reina Guillermina. Los críticos de La Haya, Londres y París acudieron para
verlo, tan grande era su reverencia que pidieron a la directiva del museo que se pusiera
una alfombra en la sala donde se encontraba el cuadro, con el fin de que el ruido de las
pisadas no perturbase su contemplación. El museo los complació.
Van Meegeren estaba extasiado. Además de comprobar que sus enemigos, simples mortales,
eran unos idiotas, se había hecho millonario, luego todo marchó sobre ruedas hasta la
venta a los nazis. Ése fue el principio del fin.
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