Todos sabemos lo que es un laberinto; según el
diccionario, un lugar artificiosamente formado de intrincados caminos y rodeos en el que
es muy difícil encontrar la salida. Lo que no siempre se advierte es que no todos los
laberintos corresponden a este tipo, el del mito griego del Minotauro: en realidad hay
laberintos que presentan un solo camino -si bien sinuoso- hacia su centro, sin posibilidad
de error, y están los otros con múltiples pasajes que se bifurcan, llenos de trampas y
callejones sin salida. Como en español no existe vocablo para diferenciarlos, es útil
distinguirlos a partir del inglés: labyrinth cuando simplemente se sigue
un camino que nos lleva a través del laberinto, y maze cuando las
opciones se multiplican (no en vano to be in a maze significa, figurativamente, estar
perplejo). En el maze estamos obligados a hacer elecciones a lo largo de todo el camino,
izquierda o derecha; en el labyrinth, la única alternativa posible es entrar o no al
laberinto mismo. La mayoría de los mazes tienen paredes altas (son en 3D), así que uno
nunca sabe realmente dónde está, para dónde debe ir. En cambio, los labyrinths tienen
paredes bajas o son diseños planos sobre el piso: uno siempre puede estimar en qué etapa
del camino se encuentra. El maze es un rompecabezas, una herramienta analítica del
hemisferio izquierdo del cerebro; el labyrinth, en cambio, es una herramienta intuitiva
del hemisferio derecho, un avivador de la creatividad. En cierto modo, podríamos decir
que el labyrinth está diseñado para que uno encuentre su camino; el maze, para
que lo pierda (¡menuda diferencia!)
En los últimos años, parece haber un creciente interés por los
laberintos a nivel mundial. Es decir -y aquí viene la utilidad de distinguirlos-, por los
labyrinths como herramientas de crecimiento personal y espiritualidad (si bien
los mazes siempre conservarán su poder de evocación simbólica). La popularidad
creciente de las actividades en torno a los laberintos ha dado como resultado la
aparición de asociaciones y eventos, retiros y peregrinajes. Sólo en Estados Unidos
existen cerca de 2,000 laberintos, y por si fuera poco ahora también hay fabricantes
profesionales. El más reconocido de ellos, Adrian Fisher, ostenta el record de haber
creado unos 300 laberintos visitados por más de 20 millones de personas en diferentes
países. Hay para todos los gustos: portátiles de lona o vinilo, de bolsillo para
recorrer con los dedos, de agua, rompecabezas, en espejo, inflables, a colores,
cibernéticos. Se aplican en las artes, las matemáticas, la literatura no lineal (como en
"Rayuela" de Cortázar), la jardinería, la rehabilitación médica, la
psicoterapia, la meditación, y hasta en el World Wide Web, el mayor laberinto de la
historia. Los hay en parques, iglesias, escuelas, museos, cárceles, hospitales, spas y
-por supuesto- también en casas particulares.
Labyrinthus hic habitat Minotaurus
Claro que este auge de los laberintos no ha surgido de la nada: hay
indicios de estas figuras desde hace 3,500 años. Los encontramos en los sellos
micénicos, en las vasijas etruscas, en los amuletos egipcios, en los gigantescos dibujos
de Nasca (Perú), ocultos en la Kabalá judía y su árbol de la vida, entre los indios
norteamericanos O´odahm y Hopi, en las catedrales góticas de Francia, en las aldeas de
pescadores de Suecia, Estonia y Finlandia, en el palacio de Néstor en Pilos, Grecia. Pero
sin duda el laberinto por excelencia (en este caso, maze), el más
famoso, ha sido siempre el del Minotauro, la mítica prisión ideada por
Dédalo por encargo del rey Minos para ocultar la monstruosa criatura engendrada por su
esposa Pasifae y un toro. A pesar de que este laberinto no existe en el mundo físico,
tiene realidad bajo muchas otras formas como la literatura (basta recordar el maravilloso
cuento borgiano "La casa de Asterión"), los dibujos, la historia y la
mitología. Sin embargo, también se le ha asociado con un edificio real, el palacio de
Knossos en Creta, del que se dice que tenía más de mil habitaciones y cuyas ruinas
todavía siguen más o menos en pie. En este laberinto se internó el héroe Teseo con el
propósito de matar al Minotauro y así frenar la sangrienta ofrenda de jóvenes que
Atenas debía realizar al monstruo periódicamente; el problema era encontrar luego la
salida. Aquí es donde interviene la simplicidad del ingenio: la princesa cretense
Ariadna, que estaba enamorada de Teseo, le dio un ovillo de hilo y se quedó sosteniendo
su extremo en el exterior del laberinto. También el inventor Dédalo tuvo que recurrir a
la maña cuando fue hecho prisionero allí junto a su hijo Icaro: sin desmoralizarse por
los cráneos de todos aquellos desafortunados que no habían podido salir jamás del
laberinto, Dédalo logró confeccionar unas eficaces alas que pegó con cera en las
espaldas de ambos para alejarse volando.
Otro famoso laberinto, el de Chartres, no es tan espectacular como el
mitológico pero también tiene lo suyo. Construido alrededor del año 1201 en el
piso de piedra de la catedral según principios de geometría sagrada y proporción,
era una alternativa para aquellos cristianos medievales que preferían no embarcarse en
peregrinajes peligrosos hacia Jerusalén: ¡mejor visitaban Chartres, Amiens o Reims y
rezaban caminando por sus laberintos góticos!
Sobra decir que el laberinto está profundamente ligado a la arquitectura. Pero siempre
queda aquella primera distinción flotando: Knossos (el del Minotauro) es un maze;
Chartres, en cambio, es un labyrinth.
Cuando estar perdido es casi una moda: la necesidad de Virgilio
Pensándolo bien, tiene sentido que sean los labyrinths y no los mazes los de mayor éxito
hoy en día: en un mundo lleno de preocupación y tensiones, lo último que
queremos es recrear la sensación de estar perdidos. Así, cuando el laberinto
deja de ser un desafío amenazador que se vence con heroísmo o ingenio (al estilo Teseo),
se vuelve entonces nuestro aliado en la búsqueda del equilibrio, del bienestar (al estilo
mandala). Digamos que el propio laberinto toma el lugar de ese Virgilio que
necesitaríamos para salir indemnes de nuestros infiernos interiores: como al seguir el
camino del labyrinth es seguro que llegaremos a su centro, podemos relajarnos y
concentrarnos más en el viaje mismo que en su destino final, más en ser que en hacer.
Las muchas vueltas de la vida, los cambios de dirección, las transiciones, finalmente
cobran sentido en esta metáfora existencial del caminar por un laberinto: si mantenemos
el rumbo -no importan las idas y venidas, lo lejos que parezca todavía-, cada paso nos
estará acercando más y más a la meta. El laberinto no admite que el tiempo o el
esfuerzo puedan desperdiciarse jamás, a pesar de las apariencias; en nuestros carenciados
tiempos, no extraña que una visión así de positiva esté gozando de tanta popularidad. |