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ARTEMISA, UNA CHICA BASTANTE INDEPENDIENTE
Descifrando el mapa de la psiquis femenina (I)
por Gabriela Onetto

Difusa y misteriosa como la luz de la luna, aparece y desaparece en el cielo de nuestra psiquis femenina: es Artemisa, una de las deidades griegas más complejas. Como diosa triforme, se nos presenta bajo los aspectos de Selene, la luna llena que gobierna el cielo; Artemisa, vindicativa y feroz, es el cuarto creciente que gobierna la cacería, los partos, las competencias; Hécate, el cuarto menguante, la luna negra que gobierna el mundo subterráneo, la magia, las brujerías (el aspecto más oscuro de las mujeres). Artemisa siempre va armada: se la representa con arco, carcaj y flechas, todo de plata; lleva a sus perros de cacería pero curiosamente también va rodeada de ciervos. Es que se trata de una diosa netamente ecológica, protectora de los animales salvajes, la vegetación, las aguas que fertilizan los campos, la fecundidad humana, los niños pequeños. No obstante, es también una diosa cazadora, pero siempre atendiendo al equilibrio de la naturaleza: profesiones tales como la biología, oceanografía, educación física; movimientos sociales como Greenpeace, hippies, naturismo, protección a los animales, están regidos todos por el aspecto Artemisa. Ella es primitiva, silvestre; vive solitaria en los bosques, se aleja de las ciudades y de los hombres, y es -como quien dice- la Santa Patrona de las fieras Amazonas. 

Cuando manda Artemisa, la mujer tiene un espíritu independiente que le pertenece a ella y nada más que a ella: actitud, por cierto, contraria a la propagada tradicionalmente por el patriarcado. Las únicas diosas 100% independientes son Atenea y Artemisa; la primera, llevada por su orgullo guerrero, sus ansias de poder y su excelencia intelectual. Artemisa, por su parte, es la reina de la competencia, la rival, la hija rebelde; a su vez la más introvertida, la que puede pasarse mucho tiempo sin entrar en contacto con nadie. Su libertad la empuja a alejarse de los humanos y sentirse a sus anchas en el mundo natural. Pero por si fuera poco –y esta es una de las facetas más particulares-, esta diosa de vestido corto es prácticamente indemne a los enamoramientos: para Artemisa, el mundo de la seducción y de la locura por amor es incomprensible porque a ella no le entran ni las balas. Jamás sacrificaría su soberanía y su naturaleza esencial por un compañero de romance; de hecho, quiso ser soltera y virgen a pesar de que pretendientes no le faltaron. Claro, todos terminaron de mala manera por su vena vengativa: Orión, un compañero de cacería que “quiso todo con ella”, fue a parar al cielo picado por un escorpión (literalmente, ya que lo convirtieron en constelación junto con su alacrán amigo); Acteón, que la espió bañándose desnuda, fue convertido en ciervo y despedazado por sus propios perros de caza que no lo reconocieron, y así siguen las historias. Es evidente que Artemisa estaba decidida a continuar siendo la diosa de la castidad, aunque eso no le impidió ser también protectora de los partos desde su propio nacimiento. Como nació primero que su gemelo, Apolo, la propia diosa de la luna ayudó a su madre en el alumbramiento; se dice que al ver su dolor fue cuando optó por la virtud ¡no fuera el caso! 

Virgen entonces físicamente pero también a nivel de identidad -pues Artemisa se siente perfectamente completa sin tener un hombre al lado-, la diosa conserva toda su concentración y energía desarrollando una actitud vigorosa, fuerte, vibrante. Es la que más habita su cuerpo salvo en el plano sexual; corre, sube a los montes, caza, es disciplinada como un atleta. Su capacidad de diversión consigo misma, de autonomía, de apreciación de la soledad, son cualidades de esta diosa que pueden auxiliarnos a la hora de equilibrar la importancia de las relaciones afectivas y de nuestro ser individual. De la mano de Artemisa, una mujer aprende a establecer límites personales y a entrar en los vínculos amorosos bajo sus propios términos (esto cuando nos funciona más o menos bien!). Sería saludable poder tomar de Artemisa la autodeterminación, pero sin que eso bloquee nuestra capacidad de entablar relaciones profundas, de rendirnos al amor cuando se presenta. Una rivalidad desmedida como la que ella practica de seguro saboteará nuestros lazos: pareciera que un exceso de Artemisa hace que no respetemos al hombre que no sea capaz de vencernos, como en el mito de Atalanta y las manzanas doradas. La pareja encarada como una competencia mata el amor, y ni hablemos de la mujer que pretende vivir en los bosques rechazando todo encuentro. 

Después de todo, hasta la mismísima Artemisa alguna vez se enamoró de un mortal común y silvestre: Endimión. 


El Diván de Prometeo

Hay (1) comentario El Discreto Encanto
de los Laberintos
 

 


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2004