Dicen que un rasgo de
lo posmoderno es el gusto por lo retro; echar
mano para tomar lo que nos guste del almacén
cultural y volver a contemplarlo para ver
si la escritura del tiempo le agregó
algo o lo fue borrando poco a poco. Determinados
espacios de radio se especializaron en desempolvar
canciones más o menos añejas
y denominarlas oldies, agrupando bajo esa
denominación un rango de canciones
producidas en general en Estados Unidos e
Inglaterra desde mediados de la década
del cincuenta (advenimiento del Rock) hacia
delante y dentro de una corriente que identifican
como música Pop. En realidad esa corriente
es lo bastante heteróclita como para
admitir en su seno muchas combinaciones y
matices, pero no vamos a analizar ahora las
estructuras musicales de esas canciones, más
bien su funcionalidad respecto a la idea que
anima a los señores que las difunden,
de hacerlas significantes de lo que ellos
entienden como la nostalgia de una o más
generaciones.
Para ser oldies tienen que
haber sido éxitos, canciones convalidadas
por el consumo masivo de las diferentes generaciones
que las escucharon.
Amir Hamed escribe en un artículo publicado
en internet, hablando de “La noche de
la Nostalgia” y uno de sus hacedores
principales, Berch Rupenián, que éste,
al seleccionar las canciones oldies confunde
memoria musical (de una generación,
de compositores y de oyentes) con memoria
personal; es decir, canoniza las canciones
según su sensibilidad sin tener en
cuenta cualquier otro elemento más
allá de su propia nostalgia. Eso no
sería un problema si Rupenián
contara con una sensibilidad musical, estética,
que no lo volviera tan excluyente; es más,
podemos incluso aceptar lo arbitrario siempre
que vaya acompañado de cierto rigor
y que se asuma justamente que se está
frente a un ejercicio personal, sin pontificar
demasiado y en un tono siempre lúdico
y lejos de cualquier gesto solemne.
Rupenián da por supuesto (y puede que
así sea en muchos casos) que quienes
lo escuchan asumen como propios todos los
lugares comunes que en materia sensible él
transita; no deja lugar a dudas, a opciones
diferentes de las que a él se le ocurren.
Veremos que, sin embargo, hay (o hubo) otros
que, aun ejerciendo ese oficio de difusores
de canciones a partir de una selección
siempre arbitraria cuando es realizada obedeciendo
a una sensibilidad personal (no didáctica),
se las ingenian para dar algo fermental.
Conmemorar una noche de la nostalgia
podría suponer, por qué no,
dedicar una noche al desciframiento de un
goce perdido, a su resignificación
por medio de algún rito en donde la
memoria podría auxiliarnos hasta cierto
punto; tendría más que ver con
los sueños y con cualquier recuerdo
que emergiera espontáneamente que con
un acto programado y masivo. Además,
formular una noche de la nostalgia en Montevideo
(Uruguay) no deja de ser una especie de pleonasmo,
de querer activar artificialmente un rito
que de todas formas pervive como parte fundante
de los uruguayos y que se actualiza casi cada
noche, cada día; cultivar la nostalgia
y a su sombra leer cualquier entramado textual
que la realidad nos provea.
Pero aceptando que en nombre
de la glorificación del pasado se pueden
elaborar cosas tan hermosas como el tango
(para no apartarnos de la música, porque
también podríamos dedicar una
noche nostalgiosa a glosar a Marcel Proust,
a Kavafis o al propio Onetti en tren de rescatar
épocas, edades y tiempos perdidos)
ampliemos el espectro musical más allá
de la pétrea memoria de un D.J. y rescatemos
otros modos de hacer las cosas.
“Eco Contemporáneo”, de
Alberto y Luis Restuccia, era un buen ejemplo
de cómo dos tipos se dedicaban a gozar
con lo que hacían y de cómo
ese goce era compartido por los que escuchábamos;
era la diferencia entre el placer asegurado
por saber lo que se va a escuchar (que es
a lo que juegan la mayoría de los espacios
radiales de emisión de música)
y el goce que da el riesgo de escuchar algo
desconocido y que no necesariamente nos gustará.
En fin, la alternativa de seguir el trillo,
la huella marcada por otros o decidir escuchar,
ver, leer, lo que vamos encontrando nosotros
mismos iluminados por la lumbre de algún
guía o maestro que siempre es bueno
tener. A veces para constituirse en guía
o maestro (aunque esté lejos del ánimo
de quien en los hechos lo ejercita) sólo
basta partir no de un supuesto saber, sino
de la inquietud de reconocer una multiplicidad
de sensibilidades y hacer algo creativo con
ello. Los Restuccia se dedicaban a transitar
en lo musical sus predilecciones que iban
por el lado del jazz de Monk, Davis, Mingus
(para citar nombres que recuerdo haber escuchado),
rock subterráneo de los sesenta, algún
compositor contemporáneo de lo que
se suele llamar Música Culta y blues.
Parte de una noche de aquel “Eco”,
por ejemplo, fue construida en torno a la
cascada voz de Tom Waits; se despacharon con
“Rain Dogs” de su primer surco
hasta el último; fluía cada
canción sin ningún comentario
de esos a los que Rupenián suele acudir:
blanco con voz de negro, participa en films
de Coppola y de algún otro realizador
no tan famoso, ¿quién es ?
Alberto Restuccia leía textos, poemas,
narraciones, y a veces se ponía revulsivo
y divagaba o lanzaba diatribas contra cualquier
maniqueísmo que a él le pareciera
digno de ser dinamitado.
En suma, toda una gimnasia estética
que hoy nos vendría muy bien.
Eduardo Darnauchans y su “A
través del Espejo” fueron otro
muy buen ejemplo de cómo hacer un programa
de radio atractivo sin pretender que la música
que se difundía (la que a él
le gustaba) fuera emblema de mayorías;
muy por el contrario reconocía que
su público nunca sería masivo
y esto de alguna manera era parte de su gesto:
el trovador de baladas melancólicas,
culto, lector de la saga artúrica y
de los poetas provenzales; musicalizador de
alguno de ellos mismos, tomando el micrófono
no ya para cantarle a la penumbra que se abría
más allá del escenario, sino
para dejar fluir otras voces ilustradas por
su propia voz pausada, dialogando con quienes
de este lado lo escuchábamos sobre
cada canción o intérprete que
elegía.
Acotado casi exclusivamente al rock y Beat
de los sesenta, dándole cabida a grupos
de los cuales se tenían pocas referencias
como Procol Harum, Moody Blues, Easybeats,
alternados con leyendas: Stones, Hendrix (donde
Dylan, claro, tenía lugar preferencial)
y a baladistas y poetas como Leonard Cohen,
Donovan Leicht, Angelo Branduardi, Antoine,
con alguna incursión (es lo que recuerdo)
en torno a músicos montevideanos como
Fernando Cabrera, Darnauchans se las ingeniaba
para remar a contracorriente, remar canciones
decía, y allí sí, desgranar
la nostalgia que para él entrañaba
cada canción.
Lo que decíamos más
arriba, no importa ser auto referencial, apelar
a la memoria y experiencia personal en tanto
algo se convoque; si son fantasmas, que no
se termine adivinando que sólo era
alguien debajo de una sábana.
La nostalgia es un componente básico
de la poética y las melodías
de Darnauchans; acompaña ritualmente
cada gesto de su voz, y eso permanecía,
estaba presente en la radio, en la voz que
se abría paso entre los nebulosos,
cansinos y pesados acordes iniciales de “The
Pusher” de Steppenwolf con que abría
y cerraba cada emisión. En una frase;
la sensibilidad de Darnauchans como compositor
y cantor lo sostenía en la radio, su
memoria personal, su nostalgia nos invadía
cuando citaba la música de otros, de
la misma manera que cuando él cantaba.
Gozábamos con el eco de un goce auto
referencial.
Jugar, trasmitir, volverse caja
de resonancia de una sensibilidad, poder y
saber compartirla con los otros. Eso de por
sí es una aventura que hoy no es tan
frecuente, según creo.
El grado de comunicación, concentración
e intimidad que nos une con la voz del otro
que emerge para darnos un mundo no lo encontramos
en ningún otro medio; es una experiencia
en donde, de alguna forma, estamos solos frente
a esa voz que convoca el universo vital y
completo en sí mismo que es la música.
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