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MÚSICA Y GASTRONOMÍA
por Miguel Lagorio

En épocas remotas de mi historia, cuando mis veranos solían transcurrir en un lugar en donde montes, playas y calles estrechas sin pavimentar determinaban cierta forma de percibir y actuar esos meses lentos, a la hora de la comida mi abuelo clausuraba con un gesto terminante y conocido la sesión de música que mi prima y yo habíamos prolongado hasta ese momento. Alguno de los dos levantaba el brazo del tocadiscos portátil e interrumpía las voces, las guitarras, la canción que alimentaba nuestra sensibilidad Beat de aquellos tiempos y, desde ese momento, aceptábamos que se inauguraba el tiempo de los alimentos dispuestos en torno a la mesa grande. Mi abuelo discriminaba, separaba, nos adoctrinaba respecto a lo inconveniente de entreverar los alimentos espirituales con los que debían nutrirnos y fortalecernos en aras de un crecimiento acorde a nuestras respectivas edades. Creo que además su tolerancia con " nuestra música " llegaba en esos momentos al límite, y nosotros intuíamos que pedirle que lo extendiera ( precisamente durante la sacra hora de la comida ) no nos reportaría éxito alguno, por el contrario, corríamos el riesgo de disminuir su capacidad para soportar lo que él percibía como pura estridencia con la consecuencia de que quizá al otro día nos impusiera un tiempo más breve y menos decibeles a nuestra habitual sesión; así que nos acercábamos a la mesa y nos sentábamos frente a nuestro plato destinado.

En cambio, en la casa donde vivía el resto del año ( la casa de la ciudad, en el sentido en que todo niño asume el lugar desde donde sale a diario hacia la escuela, donde hace sus tareas al retornar para luego salir a jugar con los compañeros del barrio, en suma, mi casa ) imperaban otras normas. Mi madre disponía que la radio estuviese encendida durante la comida; cierta estación de radio, cierta música que, aun no siendo escogida por mí mismo, me reportaba cierto placer. Música de Cámara; Tríos, Cuartetos, Sonatas; nombres que aprendí a identificar: Schubert, Bach, Mozart , Debussy... De alguna manera los fui asociando con los platos que mi madre nos presentaba ( a mi hermano y a mí ) a diario. Y aquí es importante decir que dicha asociación era por demás curiosa; Mozart podía un día significar verduras cocidas al vapor ( algo siempre difícil para un niño ) o bien Soufflé de queso, uno de los platos que yo contaba entre las proezas culinarias de mi madre ( con el tiempo también fui aprendiendo que la sofisticación en materia musical podía tener su referente en platos más exquisitos, más elaborados, pero, en ambos casos, eso llevó su proceso; no se aprecia enseguida obras tales como una Cantata y una Lengua a la vinagreta, requieren cierta madurez , de oído y de paladar ).

De esta forma, entre prohibiciones y estímulos, se fue constituyendo en mí un paralelismo entre música y comida; digamos una forma de apreciación musical ligada a la gastronómica. Claro, ambas, música y comida, existían para mí en ámbitos diferentes durante el resto de mi jornada, pero mi abuelo y mi madre habían marcado por años una costumbre que se fue fijando a mis propios hábitos, aunque con el grado de contradicción que su forma de encararlos implicaba.

Las decisiones

Así se fueron forjando ciertas costumbres que, en mi caso, siguieron marcando la contradicción recién apuntada; terminaba por adaptarme a los hábitos de los demás cuando se trataba de compartir con alguien la comida y la música ; casi siempre derivaba en el otro, o más bien en la otra ( porque en materia de transferir decisiones propias casi siempre eran mujeres las destinatarias ) la responsabilidad de decidir qué se comía y qué se escuchaba, en caso de que ella no hubiera decidido comer en silencio.

Me encontré con compañeras de comida a las cuales les era indiferente el tema; entonces yo me animaba a poner un disco y esperaba su reacción, la cual, muchas veces, no se producía porque sencillamente llenaban el silencio con palabras y la música quedaba como un fondo sonoro casi sin registrar; yo me resignaba y, cada tanto, le decía, te gusta esa canción, con el fin de hacer converger su atención en algún trovador caro a mis oídos.
Pero a veces aprendemos, sea porque ponemos empeño en modificar ciertas cosas que percibimos como negativas, sea porque encontramos a alguien ( una mujer, claro ) que, a su vez, también se empeña en que modifiquemos algo que ella ve como negativo y así nos los hace saber de diferentes formas...

Lo cierto fue que aquella mujer me enfrentó a mis propias decisiones; no tenía más remedio que asumirlas si realmente deseaba transitar un camino junto a ella.

Los riesgos.

Lo que aún no dije que ella era tan melómana como yo con la diferencia, a su favor, de tener una cultura musical harto más profunda y ecléctica, pero, sobre todo, alejada de todo dogmatismo transitaba sin la menor culpa ( por qué habría de sentirla, vivía en plena armonía con sus deseos... ) formas y estilos que en principio uno podía suponer encontrados, excluyentes. Siendo ambos de una generación que había crecido esperando con alegre ansiedad cada nuevo disco de Los Beatles o de Dylan ( me enseñó a descubrir que la desprolija producción de este último no empañaba su talento y compromiso que lo hacía transitar todos aquellos caminos que realmente alimentaban y crecían su arte ), me dejaba a las puertas de nuevos descubrimientos para que yo mismo los penetrara y me enriqueciera con ellos; así pude ir destapando mis oídos y entrarle, dentro del amplio género que denominamos rock, a gente que a veces lo trascendía como, por ejemplo, el señor Frank Zappa. Abracé con fruición la Psicodelia, con todos sus legendarios y herméticos ( y casi desconocidos y de culto otras veces ) exponentes, lo que se conoció como Rock Progresivo ( aunque luego pude sentir que gran parte de quienes lo cultivaban se volvían reiterativos, solemnes y vacuos ), el primer Heavy, con Zeppelín a la cabeza, y tantos otros estilos y propuestas.

Dentro del Pop , el Rock y el Blues, si bien podía haber mucha variedad y caminos, todo estaba cocinado con materiales más o menos similares, la cosa empezaba a cambiar cuando nos acercábamos a otras formas musicales alimentadas en tradiciones diferentes y que requerían , antes que otra cosa, la disposición de educar el alma y el oído para poder recibir un legado que venía enriqueciéndose a través de los tiempos. El Blues me había preparado para el Jazz, pero no era fácil al principio escuchar a un saxo tenor improvisando un buen rato mientras yo buscaba como referente un formato más conocido, algo que lo asociara a una canción; qué decir entonces de aquel día en que me embarqué en la audición de una obra absolutamente Free, donde todos los instrumentos desarrollaban líneas melódicas diferentes al mismo tiempo y donde la base rítmica tradicional se alejaba de esa función para plantarse en igualdad de condiciones respecto a los instrumentos solistas. Su único comentario, el de ella, fue que conocer implicaba sus riesgos y que uno, no el menor, era canjear el placer que reporta lo conocido y previsible por el goce que provoca algo que desorganiza nuestra forma habitual de percibir; para mí esto estaba bien claro, sentía varias cosas menos placer; en todo caso inquietud, desasosiego y una opacidad que cubría todo aquel estruendo; podía escuchar una risotada de mi lejano abuelo.

Yo había estado adoctrinado por años de comidas con fondo de música culta en lo que habían sido aquellos tiempos en la casa materna, así que no me eran extraños ciertos compositores que habían alumbrado el comienzo del siglo XX; el mencionado Debussy, Bartok, Ravel, e incluso alguna obra dodecafónica, pero encontrarse con lo menos tradicional de Stravinsky, Pierrot Lunaire de Schoenberg, el Cuarteto para el final de los tiempos de Messiaen u obras como Arcana, Desiertos, Poema electrónico o Ionización de Varese ( para no mencionar a Xenakis y Ligeti ) eran experiencias que apuntaban en un sentido similar al expuesto más arriba; asumir el riesgo de conocer lo que algunas de las almas más iluminadas e inspiradas del siglo XX nos ofrecían con la única condición de estar dispuestos a lo nuevo , obras que podían ser disfrutables sólo si nos comprometíamos y nos concentrábamos al máximo con su forma. No puede uno comerse un plato de Ravioles a la Boloñesa o al Pesto, escuchando Ionización ( que dura sólo cinco minutos, así que podría servirse con la ensalada más bien ), pero sí digo que, a su debido tiempo, al placer seguro que nos otorgan los ravioles, podríamos añadirle, si decidimos que la música justifica ejercitar nuestra alma para hacerla más flexible, un nuevo goce materializado en esa obra, de las primeras concebidas sólo para instrumentos de percusión dentro de la llamada música culta, erudita o académica. Y si nos atenemos a lo cronológico podemos destacar que Varese la compuso hacia 1929, es decir, un tiempito antes que el Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band del cuarteto liverpoolense; por tanto una obra que encuadraba, manteniendo este criterio cronológico, más en la generación de mi abuelo que en la de un servidor; imaginen entonces que aún restaría conocer, sumergirse en todo lo que se ha compuesto a partir de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días y verán que existen más cosas de las que solemos tener oportunidad de conocer por MTV, la radio o a través de esa fuente permanente de difusión musical que se constituye a partir de las preferencias de los conductores del transporte público; nada hay que despreciar, de todo debemos atesorar en esta vida, pero vale el riesgo bucear las honduras además de nadar la superficie.

Quizá hayan adivinado que el sentido de mis palabras no es otro que el de trasladarles la misma propuesta que yo recibí de aquella mujer que me impulsó, con la sutil y firme calidez de su gesto, a asumir los riegos en torno a aquello que afirmamos nos interesa de corazón, y si de música se trata, pues no renunciar al goce ( y al placer ) que nos depara lo arduo que es tan válido como el placer que nos brinda la canción que sabemos vamos a escuchar, si duda, cuando encendemos la radio que programa oldies. Sería, para formularlo en términos gastronómicos, asumir que gozar con un bistec ( o churrasco, según la denominación regional ) con papas a la francesa ( o fritas ), placer gastronómico de aceptación casi universal ( al menos en occidente y para aquellos que no seguimos una dieta vegetariana, que nos asumimos como omnívoros ), no excluye que gocemos de aquellos platos que implican un adentrarse en culturas culinarias exógenas; lo digo con conocimiento de causa; siendo aborigen de una tribu por demás carnívora que cuando no fija sus ávidos ojos en un corte de carne es para volverlos hacia un plato de pasta italiana- asumiendo ese legado cultural como una impronta más de su propio acervo- elegí, a cierta altura de mis días, vivir en tierras en donde el maíz es parte fundante de una riquísima ( valga la polisemia ) tradición y el chile ( chile pimiento, ají picante.. ) infaltable sazón de los más variados y exquisitos manjares; comprenderán que paladear tales manjares y poder gozar hoy de ellos supuso por mi parte ( y otra vez hago valer la polisemia del término ) transitar un, en verdad, arduo camino.

Epílogo ( para bien alimentar el alma y el cuerpo )

He mencionado nada más que algunos ejemplos de formas ( y estilos, compositores ...) musicales y gastronómicas que hoy tejen parte de la trama de mi vida, es decir, trato de seguir, por propio convencimiento, el camino que alguien me mostró y deseó compartir.
Se me ocurre que es tan válido como cualquier otro y que, si bien, está referido a un par de aspectos de la vida, alude a un sinnúmero de ellos; podríamos extender lo musical hacia fuera de los confines de occidente ( igual con lo culinario ) y nos maravillaríamos de lo que, tras algo de esfuerzo, podríamos conocer y apreciar; podríamos también hablar de poesía, cine, formas de sentir y concebir el mundo y la existencia, filosofías, y sería lo mismo; todo dependería de cuánto queramos transitar, del compromiso que estemos dispuestos a encarar y de los riesgos que deseemos asumir... en realidad quería hablar de ella al final; ha estado como una presencia que recorre todas estas palabras y es lícito preguntarse, ser curiosos.
Pero quizá no, es mejor preguntar que responder, desorganizar, diría ella, lo que cada día somos para ser , el " yo es otro "de Rimbaud.

Algunos Bemoles

 


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2004