En épocas remotas de mi historia, cuando mis veranos
solían transcurrir en un lugar en donde montes, playas y calles estrechas sin pavimentar
determinaban cierta forma de percibir y actuar esos meses lentos, a la hora de la comida mi
abuelo clausuraba con un gesto terminante y conocido la sesión de música que mi
prima y yo habíamos prolongado hasta ese momento. Alguno de los dos levantaba el brazo
del tocadiscos portátil e interrumpía las voces, las guitarras, la canción que
alimentaba nuestra sensibilidad Beat de aquellos tiempos y, desde ese momento,
aceptábamos que se inauguraba el tiempo de los alimentos dispuestos en torno a la mesa
grande. Mi abuelo discriminaba, separaba, nos adoctrinaba respecto a lo inconveniente de
entreverar los alimentos espirituales con los que debían nutrirnos y fortalecernos en
aras de un crecimiento acorde a nuestras respectivas edades. Creo que además su
tolerancia con " nuestra música " llegaba en esos momentos al límite, y
nosotros intuíamos que pedirle que lo extendiera ( precisamente durante la sacra hora de
la comida ) no nos reportaría éxito alguno, por el contrario, corríamos el riesgo de
disminuir su capacidad para soportar lo que él percibía como pura estridencia con la
consecuencia de que quizá al otro día nos impusiera un tiempo más breve y menos
decibeles a nuestra habitual sesión; así que nos acercábamos a la mesa y nos
sentábamos frente a nuestro plato destinado.
En cambio, en la casa donde vivía el resto del año ( la casa de la ciudad, en el sentido
en que todo niño asume el lugar desde donde sale a diario hacia la escuela, donde hace
sus tareas al retornar para luego salir a jugar con los compañeros del barrio, en suma,
mi casa ) imperaban otras normas. Mi madre disponía que la radio estuviese
encendida durante la comida; cierta estación de radio, cierta música que, aun
no siendo escogida por mí mismo, me reportaba cierto placer. Música de Cámara; Tríos,
Cuartetos, Sonatas; nombres que aprendí a identificar: Schubert, Bach, Mozart ,
Debussy... De alguna manera los fui asociando con los platos que mi madre nos presentaba (
a mi hermano y a mí ) a diario. Y aquí es importante decir que dicha asociación era por
demás curiosa; Mozart podía un día significar verduras cocidas al vapor ( algo siempre
difícil para un niño ) o bien Soufflé de queso, uno de los platos que yo contaba entre
las proezas culinarias de mi madre ( con el tiempo también fui aprendiendo que la
sofisticación en materia musical podía tener su referente en platos más exquisitos,
más elaborados, pero, en ambos casos, eso llevó su proceso; no se aprecia enseguida
obras tales como una Cantata y una Lengua a la vinagreta, requieren cierta madurez , de
oído y de paladar ).
De esta forma, entre prohibiciones y estímulos, se fue constituyendo en mí un
paralelismo entre música y comida; digamos una forma de apreciación musical ligada a la
gastronómica. Claro, ambas, música y comida, existían para mí en ámbitos
diferentes durante el resto de mi jornada, pero mi abuelo y mi madre habían marcado por
años una costumbre que se fue fijando a mis propios hábitos, aunque con el grado de
contradicción que su forma de encararlos implicaba.
Las decisiones
Así se fueron forjando ciertas costumbres que, en mi caso, siguieron marcando la
contradicción recién apuntada; terminaba por adaptarme a los hábitos de los demás
cuando se trataba de compartir con alguien la comida y la música ; casi siempre derivaba
en el otro, o más bien en la otra ( porque en materia de transferir decisiones propias
casi siempre eran mujeres las destinatarias ) la responsabilidad de decidir qué se comía
y qué se escuchaba, en caso de que ella no hubiera decidido comer en silencio.
Me encontré con compañeras de comida a las cuales les era indiferente el tema; entonces
yo me animaba a poner un disco y esperaba su reacción, la cual, muchas veces, no se
producía porque sencillamente llenaban el silencio con palabras y la música quedaba como
un fondo sonoro casi sin registrar; yo me resignaba y, cada tanto, le decía, te gusta esa
canción, con el fin de hacer converger su atención en algún trovador caro a mis oídos.
Pero a veces aprendemos, sea porque ponemos empeño en modificar ciertas cosas que
percibimos como negativas, sea porque encontramos a alguien ( una mujer, claro ) que, a su
vez, también se empeña en que modifiquemos algo que ella ve como negativo y así nos los
hace saber de diferentes formas...
Lo cierto fue que aquella mujer me enfrentó a mis propias decisiones; no tenía más
remedio que asumirlas si realmente deseaba transitar un camino junto a ella.
Los riesgos.
Lo que aún no dije que ella era tan melómana como yo con la diferencia, a su favor, de
tener una cultura musical harto más profunda y ecléctica, pero, sobre todo, alejada de
todo dogmatismo transitaba sin la menor culpa ( por qué habría de sentirla, vivía en
plena armonía con sus deseos... ) formas y estilos que en principio uno podía suponer
encontrados, excluyentes. Siendo ambos de una generación que había crecido esperando con
alegre ansiedad cada nuevo disco de Los Beatles o de Dylan ( me enseñó a descubrir que
la desprolija producción de este último no empañaba su talento y compromiso que lo
hacía transitar todos aquellos caminos que realmente alimentaban y crecían su arte ), me
dejaba a las puertas de nuevos descubrimientos para que yo mismo los penetrara y me
enriqueciera con ellos; así pude ir destapando mis oídos y entrarle, dentro del amplio
género que denominamos rock, a gente que a veces lo trascendía como, por ejemplo, el
señor Frank Zappa. Abracé con fruición la Psicodelia, con todos sus legendarios y
herméticos ( y casi desconocidos y de culto otras veces ) exponentes, lo que se conoció
como Rock Progresivo ( aunque luego pude sentir que gran parte de quienes lo cultivaban se
volvían reiterativos, solemnes y vacuos ), el primer Heavy, con Zeppelín a la cabeza, y
tantos otros estilos y propuestas.
Dentro del Pop , el Rock y el Blues, si bien podía haber mucha variedad y caminos, todo
estaba cocinado con materiales más o menos similares, la cosa empezaba a cambiar cuando
nos acercábamos a otras formas musicales alimentadas en tradiciones diferentes y que
requerían , antes que otra cosa, la disposición de educar el alma y el oído para poder
recibir un legado que venía enriqueciéndose a través de los tiempos. El Blues me había
preparado para el Jazz, pero no era fácil al principio escuchar a un saxo tenor
improvisando un buen rato mientras yo buscaba como referente un formato más conocido,
algo que lo asociara a una canción; qué decir entonces de aquel día en que me embarqué
en la audición de una obra absolutamente Free, donde todos los instrumentos desarrollaban
líneas melódicas diferentes al mismo tiempo y donde la base rítmica tradicional se
alejaba de esa función para plantarse en igualdad de condiciones respecto a los
instrumentos solistas. Su único comentario, el de ella, fue que conocer implicaba sus
riesgos y que uno, no el menor, era canjear el placer que reporta lo conocido y previsible
por el goce que provoca algo que desorganiza nuestra forma habitual de percibir; para mí
esto estaba bien claro, sentía varias cosas menos placer; en todo caso inquietud,
desasosiego y una opacidad que cubría todo aquel estruendo; podía escuchar una risotada
de mi lejano abuelo.
Yo había estado adoctrinado por años de comidas con fondo de música culta en lo que
habían sido aquellos tiempos en la casa materna, así que no me eran extraños ciertos
compositores que habían alumbrado el comienzo del siglo XX; el mencionado Debussy,
Bartok, Ravel, e incluso alguna obra dodecafónica, pero encontrarse con lo menos
tradicional de Stravinsky, Pierrot Lunaire de Schoenberg, el Cuarteto para el final de los
tiempos de Messiaen u obras como Arcana, Desiertos, Poema electrónico o Ionización de
Varese ( para no mencionar a Xenakis y Ligeti ) eran experiencias que apuntaban en un
sentido similar al expuesto más arriba; asumir el riesgo de conocer lo que algunas de las
almas más iluminadas e inspiradas del siglo XX nos ofrecían con la única condición de
estar dispuestos a lo nuevo , obras que podían ser disfrutables sólo si nos
comprometíamos y nos concentrábamos al máximo con su forma. No puede uno comerse un
plato de Ravioles a la Boloñesa o al Pesto, escuchando Ionización ( que dura sólo cinco
minutos, así que podría servirse con la ensalada más bien ), pero sí digo que, a su
debido tiempo, al placer seguro que nos otorgan los ravioles, podríamos añadirle, si
decidimos que la música justifica ejercitar nuestra alma para hacerla más flexible, un
nuevo goce materializado en esa obra, de las primeras concebidas sólo para instrumentos
de percusión dentro de la llamada música culta, erudita o académica. Y si nos atenemos
a lo cronológico podemos destacar que Varese la compuso hacia 1929, es decir, un tiempito
antes que el Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band del cuarteto liverpoolense; por tanto una
obra que encuadraba, manteniendo este criterio cronológico, más en la generación de mi
abuelo que en la de un servidor; imaginen entonces que aún restaría conocer, sumergirse
en todo lo que se ha compuesto a partir de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros
días y verán que existen más cosas de las que solemos tener oportunidad de conocer por
MTV, la radio o a través de esa fuente permanente de difusión musical que se constituye
a partir de las preferencias de los conductores del transporte público; nada hay que
despreciar, de todo debemos atesorar en esta vida, pero vale el riesgo bucear las honduras
además de nadar la superficie.
Quizá hayan adivinado que el sentido de mis palabras no es otro que el de trasladarles la
misma propuesta que yo recibí de aquella mujer que me impulsó, con la sutil y firme
calidez de su gesto, a asumir los riegos en torno a aquello que afirmamos nos interesa de
corazón, y si de música se trata, pues no renunciar al goce ( y al placer ) que nos
depara lo arduo que es tan válido como el placer que nos brinda la canción que sabemos
vamos a escuchar, si duda, cuando encendemos la radio que programa oldies. Sería, para
formularlo en términos gastronómicos, asumir que gozar con un bistec ( o churrasco,
según la denominación regional ) con papas a la francesa ( o fritas ), placer
gastronómico de aceptación casi universal ( al menos en occidente y para aquellos que no
seguimos una dieta vegetariana, que nos asumimos como omnívoros ), no excluye que gocemos
de aquellos platos que implican un adentrarse en culturas culinarias exógenas; lo digo
con conocimiento de causa; siendo aborigen de una tribu por demás carnívora que cuando
no fija sus ávidos ojos en un corte de carne es para volverlos hacia un plato de pasta
italiana- asumiendo ese legado cultural como una impronta más de su propio acervo-
elegí, a cierta altura de mis días, vivir en tierras en donde el maíz es parte fundante
de una riquísima ( valga la polisemia ) tradición y el chile ( chile pimiento, ají
picante.. ) infaltable sazón de los más variados y exquisitos manjares; comprenderán
que paladear tales manjares y poder gozar hoy de ellos supuso por mi parte ( y otra vez
hago valer la polisemia del término ) transitar un, en verdad, arduo camino.
Epílogo ( para bien alimentar el alma y el cuerpo )
He mencionado nada más que algunos ejemplos de formas ( y estilos, compositores ...)
musicales y gastronómicas que hoy tejen parte de la trama de mi vida, es decir, trato de
seguir, por propio convencimiento, el camino que alguien me mostró y deseó compartir.
Se me ocurre que es tan válido como cualquier otro y que, si bien, está referido a un
par de aspectos de la vida, alude a un sinnúmero de ellos; podríamos extender lo musical
hacia fuera de los confines de occidente ( igual con lo culinario ) y nos maravillaríamos
de lo que, tras algo de esfuerzo, podríamos conocer y apreciar; podríamos también
hablar de poesía, cine, formas de sentir y concebir el mundo y la existencia,
filosofías, y sería lo mismo; todo dependería de cuánto queramos transitar, del
compromiso que estemos dispuestos a encarar y de los riesgos que deseemos asumir... en
realidad quería hablar de ella al final; ha estado como una presencia que recorre todas
estas palabras y es lícito preguntarse, ser curiosos.
Pero quizá no, es mejor preguntar que responder, desorganizar, diría ella, lo que cada
día somos para ser , el " yo es otro "de Rimbaud.
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