Una tarde de noviembre Concepción Sámano, nuestra
querida Connie, trataba de convencerme de que le prestara un libro de E. Khaler a
cambio de un volumen de poesía de Guillermo Samperio. A mí me parecía demasiada
pretensión. Como yo no cedía Connie me propuso una alternativa, un manuscrito inédito,
una biografía de Bergson escrita por Ramón Xirau. Todavía me costó algo de trabajo
ceder, pero había escuchado que Xirau preparaba una interesante Historia General de
la Filosofía Catalana, desde Lull hasta Panikkar, donde intentaría demostrar la
poderosa y a veces olvidada influencia de los pensadores catalanes en la cultura
occidental, de modo que estaba yo interesado en leer alguna obra de Xirau.
Accedí finalmente. Connie había conseguido el manuscrito en circunstancias más bien
turbias, en casa de cierto profesor de filosofía. En las páginas finales de aquella
biografía encontré unos datos sumamente curiosos. Al parecer al final de su vida,
Bergson, agobiado por las penosas circunstancias de la política europea, decidió
escribir una obra menor, una Enciclopedia de las sociedades
secretas. Según Xirau esta obra fue publicada en 1939 por Gauthier-Villars.
Mis esfuerzos por encontrar esta enciclopedia en México fueron vanos. Ya había perdido
yo la ilusión de hojear tan curioso libro cuando en junio visité Paris. En medio del
tremendo calor y del bullicio del barrio latino decidí visitar la biblioteca de la
Sorbona. Había ahí un olvidado ejemplar del libro de Bergson. Como sólo lo tendría en
mis manos un par de horas y mi francés es realmente primitivo quise averiguar solamente
si aparecía alguna referencia a sociedades secretas en Latinoamérica. Fue así que leí
por primera vez sobre la Gran Logia del Sur.
Fundada en Buenos Aires a finales del siglo pasado, el símbolo de esta sociedad es un
triángulo equilátero en el centro del cual se encuentra un gran signo de interrogación
cruzado por un tigre en actitud agresiva. Sus integrantes practican un refinado idealismo.
La literatura no es para ellos una vocación, sino un modo de influir en la realidad
histórica. Sostienen de hecho que la realidad no es sino literatura. Nunca
sabremos objetivamente si César conquistó las Galias o no. La pregunta en sí no tienen
sentido: César conquistó las Galias porque así lo dice un libro titulado La
Guerra de las Galias.
Los integrantes de la Logia del Sur practican dos ritos esenciales. Uno, de carácter
privado, consiste en escribir y de este modo transformar la realidad: son hombres de
acción. El otro, que practican en conjunto y que constituye la esencia de la vida de la
Logia, es una extraña liturgia en que, por medios sofisticados, torturan a una pequeña
planta. Argumentan que este acto brutal en el que ser espiritualmente más avanzado
martiriza al más primitivo de los seres espirituales encierra en sí la contradicción
suprema que puede conducirnos a vislumbrar lo Otro. Obsérvese aquí que para
estos hombres saber en qué consiste la felicidad es equivalente a lograrla. Un vez que
sabemos algo basta que lo transformemos en literatura y esa sabiduría se convertirá en
una realidad palpable.
La Logia estuvo en un principio influida por el pensamiento budista y muy en particular
por el tantra de la mano derecha. En este sentido opina Bergson que el rito de la planta
pudiera ser un sucedáneo de la orgía ritual. Esta influencia oriental explicaría
también el tigre emblemático.
Unos de los principales promotores de esta sociedad fue el escritor y metafísico
Macedonio Fernández. La sociedad es de carácter ultra secreto y sólo indicios dispersos
hay de su existencia. Parece ser que un poeta popular de Palermo, Evaristo Carriego, fue
asesinado en los años veinte por revelar algunas de las técnicas de tortura del extraño
rito. Una buena cantidad de nombres que por los años treinta eran desconocidos del
público aparecía entre los posibles integrantes de la Logia. Se mencionaba a Bioy
Casares, a las hermanas Ocampo. Había una omisión que me intrigaba profundamente: Jorge
Luis Borges no era mencionado.
Mi inquietud crecía, que luego no encontrara yo más bibliografía sobre la Logia del Sur
no me extrañaba, el carácter secreto de la Logia garantizaba que sólo un estudioso como
Bergson pudiera encontrar los indicios de su existencia. Sin embargo, todo era tan
familiar, el tigre cruzado por un escéptico signo de interrogación, el rito de la planta
reproducido en el famoso relato de Macedonio Fernández El mundo es una
tantalia, el nombre de Evaristo Carriego, el hecho de que la revista Sur, fundada
por Victoria Ocampo, llevaba el mismo nombre que la Logia ..., la omisión de Borges en el
artículo de Bergson era inexplicable.
Tal vez nunca hubiera encontrado la solución, pero hace unos días leía la edición
crítica que hizo Julián Marías de El amor y el Occidente (las 400 páginas
de la obra de D. de Rougemont iban acompañadas por 600 páginas de interesantísimos
comentarios del sabio español). Por este volumen supe que Macedonio Fernández fue quien
primero tradujo al español la obra de de Rougemont. Recordé de inmediato una frase de
Borges: los espejos y la cúpula son abominables. Nada diferente nos hubiera
dicho un pensador cátaro. Los cátaros, ya sabemos, rechazaban la procreación por ser un
modo de perpetuar un mundo hecho de errores y creado por un principio maligno.
Recordé también las extrañas circunstancias de la vida de Borges. Un escritor oscuro
que a los 60 años de edad alcanza una fama unánime; un tímido y casto caballero, casi
el último representante del amor cortés, que a los 80 años encuentra el amor
incondicional de una joven hermosa y culta. El guardián ciego de una biblioteca. Un
fabulador que nos habla de ciclos, que aborrece los espejos y ama los tigres y las
bibliotecas. Un joven y culto escritor anglófilo que escribe la biografía del poeta
popular Evaristo Carriego. Un creador de mundos imposibles, de quimeras forjadas con
estricto rigor lógico. ¿ Un miembro de la Gran Logia? Algo más.
Como al padre Brown en una quieta tarde de verano, la verdad llegó a mí de improviso.
Bergson no pudo nombrar a Borges por una sola razón: Borges no existía, Borges no
existió. Esa vida contradictoria es un paradigma y una metáfora. Es la obra de los
escritores de la Gran Logia del Sur. Entre todos, y a través de los años, crearon una
fantasía que se llamaba Borges, que a su vez escribía obras que eran metáforas de otra
realidad: la existencia de la Logia. Todo es ahora claro, la obra de Borges era una
alegoría sobre un modo secreto de acción a través de la escritura y es, a su vez, un
ejercicio de creación de nuevas realidades. Sabemos muy poco sobre la Logia para afirmar
que tiene influencias cátaras o dualistas, la aversión a la reproducción o la castidad
extrema del personaje pueden ser un adorno adicional, sugerido a Fernández (sin duda el
promotor de la invención de Borges) por la lectura de de Rougemont.
Lo más sorprendente es cómo los postulados de la Logia se vieron confirmados en este
caso. Un día los escritores que eran Borges encontraron que, gracias a su tremendo
esfuerzo de coherencia, a su estilo sencillo y a lo asombroso de sus temas, la ficción
que habían creado era ahora realidad. Borges era un escritor mundialmente conocido, ahora
Borges existía. Y fue necesario crear un personaje que pudiera dictar conferencias y
hablar de la obra de Borges como si él solo la hubiera escrito. Tal vez nunca sepamos la
verdadera identidad de ese anciano culto, delgado y aparentemente ciego que se paseaba por
el mundo con el falso nombre de Jorge Luis Borges.
Ya sé que muchos se negarán a creer que esta hipótesis pueda ser cierta. Sigamos, sin
embrago, un enunciado sencillo que nos brinda el sentido común, la casualidad existe como
hecho aislado, pero no las casualidades como sistema. Un conjunto de hechos casuales y
sorprendentes nos hablan necesariamente de una realidad que no comprendemos.
A muchos costará trabajo creer que se pueda inventar una vida con tal lujo de detalles,
preguntarán cómo pudo ser engañado todo el mundo literario durante tres décadas, ¿no
es cierto, por ejemplo, que Margarite Yourcenar era amiga de Borges? Creo que cada una de
estas objeciones puede rebatirse.
Sólo para ejmplificar: es cierto que una mujer tan inteligente como Yourcenar
difícilmente se hubiera dejado engañar por un impostor literario, por muy hábil que
éste fuera. Sin embargo es sabido que desde hace algunos años una escuela de críticos
literarios en Francia sostiene que Yourcenar no exsitió, que en realidad fue una
invención de J. Febvre y sus alumnos. Tentados alguna vez a escribir obras de ficción,
decidieron firmarlas bajo un seudónimo común, de modo que no fuera a sufrir en su
prestigio la muy Seria y Multifacética Ciencia Histórica. Esto refuerza mi teoría.
Morelia, verano 2000. |