No sé quién habrá sido el primer listo en excusarse
a sí mismo argumentando que el alcohol ensalza la creatividad natural de un artista;
quizás hasta existan estudios científicos que prueben un postulado tan conveniente (en
especial para los que nos dedicamos a la escritura en todas sus formas y además
pertenecemos a la Vía Alternativa de la Vid). Lo cierto es que según
Donald Goodwin, autor de Alcohol and the Writer y ex-director del departamento de
psiquiatría en el Medical Center de la Universidad de Kansas, la profesión de escritor
se lleva los laureles en cuanto a lo que a la predisposición a beber -tomar, chupar,
brindar, alzar el codo, agarrar la jarra, pistear, embriagarse, echar un trago, catar-
se refiere. Parece que nada menos que un 71% de los creadores de las letras toma
alcohol en exceso. ¡Setenta y uno por ciento! Un porcentaje mucho más alto -por
lejos- que en las otras profesiones que se hayan estudiado hasta ahora.
Una rápida recorrida por cualquier catálogo de escritores le dará la razón a la
estadística: Scott Fitzgerald le llamaba "el vicio del escritor" y
Hemingway supo describirlo como "alquimia líquida transmutadora de ideas";
Rimbaud cayó redondito en las garras verdes del ajenjo (por lo menos mientras duró su
genialidad poética, es decir, hasta los 21 años) y Jack London era capaz de dejar una
frase a la mitad en el mismo momento en que completaba mil palabras, sólo para reclamar
su ansiada recompensa etílica. ¿De dónde sacan los escritores este casi unánime apego
por las oscuras seducciones de Dionisio, mejor aún si viene acompañado de todas sus
bacantes y cortejo pachanguero? ¿Será que la distante perfección y compostura de Apolo
sencillamente no se lleva demasiado con el descenso a los infiernos que muchas veces
conlleva la escritura realmente creativa?
Porque, a decir verdad, aquí estamos hablando de los escritores geniales, de aquellos
nombres que han quedado grabados a fuego en la historia de la literatura; no quiere decir
que todo estudiante de letras o postulante al Premio Alfaguara corra necesariamente tan
altísimo riesgo de terminar sus días en AA. Pero la reiterada comprobación de ebriedad
consuetudinaria entre tantos escritores -no precisamente por "haber bebido la tinta
de la inspiración"- debería darnos algo en qué pensar. Tomemos el caso Edgar Allan
Poe, por ejemplo: su relación con el alcohol era por lo menos tan angustiosa como sus
más macabras historias de ficción. Una vez que empezaba a beber, lo único que podía
detenerlo era quedarse sin fondos o bien, caer desmayado de borracho. O el mítico Jack
Kerouac, tal vez con demasiada carretera y fama como para soportar la sobriedad,
que terminó perdiendo la vida a los 47 a raíz de una pelea de bar. Bien remojada en
alcohol, como es de imaginarse.
A esta destacada sucursal del Club de la Botella podríamos agregar los nombres
de Truman Capote, Carson Mc Cullers, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Dashiel Hammet, Dylan
Thomas (quien podía tomarse 18 whiskeys sin parpadear), Omar Khayam (subversivo exaltador
del vino en el poco chispeante mundo musulmán), Gertrude Stein, Samuel Taylor Coleridge,
John Keats, Malcolm Lowry, Charles Bukowski o Juan Carlos Onetti (de estos tres últimos
escritores, verdaderos casos de estudio en lo que a alcohol se refiere, ofrecemos al final
de este artículo -en exclusiva para FiestadelaPasta.com- sus recetas
predilectas de cocktails). Incluso Marcel Proust, cuyas gloriosas últimas palabras fueron
para agradecerle al chofer que le hubiera llevado -sin tiempo perdido, directito
al lecho de muerte- una botella de su cerveza favorita, de esas que en el Hotel Ritz le
tenían siempre listas y enfriadas:
"Gracias, Odilon, por traerme la cerveza" .
VOLCANITONIC
En un balde o maceta grande mezclar:
1 parte de mezcal con gusano
1 parte de tequila de cuarta categoría
1 parte de corazones rotos
Un poco de agua tónica o "quinac"
Angeles y demonios (a gusto)
Cocktail ideal para acompañar excursiones turísticas al Popocatépetl.
VIEJO VERDE ON THE ROCKS
Mézclese bien y bébase, solo o acompañado, en el cuarto de hotel más decadente que
pueda encontrar.
POZO SOUR
825 ml. de buen scotch
3 paquetes de cigarrillos
12 años en cama (de preferencia en un pozo)
2 ó 3 chorros de pesimismo-bitter
Cascarita de limón
Para degustar en soledad y silencio, regodeándose en la marginalidad.
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