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IRRUPCIONES Nº 122
por Mario Levrero

 

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En el restaurante, por tratar de discutirle a mi mujer una de sus habituales afirmaciones absurdas, una migaja de galleta tomó el camino equivocado. Como siempre, hice lo que de niño me enseñara mi abuelo: levanté los brazos y miré al techo, mientras respiraba por la nariz y expulsaba el aire por la boca. Me ayudé con un sorbito de vino. Mi mujer se arrojó al piso. Tosí brevemente un par de veces y recuperé la respiración normal. Vi que desde una mesa vecina nos dedicaban sonrisas burlonas. 

- Ya está -le dije a mi mujer-. Podés levantarte.

Ella se puso en pie sacudiéndose con las manos el vestido blanco, sin necesidad porque el piso estaba perfectamente limpio. Yo me acerqué a la mesa vecina, ocupada por dos parejas de mediana edad.

- Con el permiso de ustedes- dije, arrimándome una silla-. Adelina es un poco nerviosa, pero dentro de lo normal. En realidad hay poderosas razones para que haya hecho lo que hizo.

Vi que, aunque todavía risueños, trataban de acomodar el rostro en una expresión neutra; las dos mujeres no pudieron, sin embargo, ocultar un sentimiento de aprensión que les asomaba a los ojos. Los hombres no borraron del todo la sonrisa, y uno de ellos, el que parecía ser el de más edad, hizo un gesto de asentimiento como dándome permiso para contar la historia. 

-Cuando yo era muy pequeño mi abuelo me enseñó que si uno se atora con la comida debe levantar los brazos, mirar hacia el techo, respirar hondo por la nariz y echar el aire por la boca ?dije?. Siempre lo hice así, y siempre me resultó. Curiosamente, nunca conseguí que en casos parecidos nadie me hiciera caso. Se atoran, y yo digo: "levantá los brazos, mirá al techo, respirá por la nariz y echá el aire por la boca", pero nadie lo hace. Sacuden obstinadamente la cabeza, me hacen señas con las manos para que me calle y siguen tosiendo. Les lloran los ojos, parece que se ahogan, pero no ceden. Nunca pude entenderlos. 

"Una vez, en Chile, estábamos con mi mujer en un supermercado, cerca de las cajas, acomodando las compras en las bolsas, junto a una gran vidriera. Me atoré con saliva, simplemente con saliva. Empecé a toser y sentí que me estaba ahogando; entonces levanté los brazos, miré al techo y empecé a respirar por la nariz y echar el aire por la boca. Justo en ese momento pasaba por la puerta una pareja de policías, y uno de ellos me vio con los brazos en alto y creyó que me estaban asaltando; entró en seguida con un revólver en la mano. Se dio la casualidad de que en el supermercado había una pareja de maleantes a punto de cometer un asalto; uno de ellos creyó que el policía los había reconocido, y sacó un revólver y le disparó. Lo hirió en un costado. El otro policía, todavía en la calle, corrió a un teléfono. El herido se tomó el costado con la mano izquierda, se ocultó tras una columna y con la derecha empezó a disparar. La gente gritaba y trataba de refugiarse. Los maleantes también se refugiaron, tras góndolas distintas, y también dispararon sus armas. Nosotros estábamos fuera de la línea de fuego y nos fuimos corriendo lentamente hacia una salida lateral, que en realidad no era una salida sino la entrada de empleados. Siempre está vigilada por un portero, pero el portero también tenía un revólver y había corrido a buscar un lugar apropiado para participar en el tiroteo. Ya habíamos conseguido salir por esa entrada lateral cuando una bala fue a dar a un surtidor de nafta que había afuera, a la entrada, y hubo una gran explosión. Al ruido del tiroteo y de los gritos de la gente se sumó el de unas sirenas que se acercaban. Nosotros nos alejamos por la calle lateral, tratando de no correr para no llamar la atención. Por suerte no habíamos perdido las bolsas con las compras. 

"Después nos enteramos por la televisión de que también el gerente había aparecido con un arma, y los policías que llegaban lo confundieron con un maleante y lo balearon. El fuego del surtidor de nafta se extendió hasta dos surtidores más. Esa noche hubo seis muertos y treinta y dos heridos, algunos baleados, otros pisoteados y otros quemados por el incendio, entre ellos cuatro bomberos. La mitad del supermercado quedó en escombros. Comprenderán entonces por qué, de ahí en adelante, cada vez que yo levanto los brazos en un lugar público, Adelina en seguida se tira al suelo. 

Mi tono grave y triste los había puesto serios. Me miraron sin saber qué decir. El hombre de más edad sacudía la cabeza, como para borrar las imágenes que yo le había transmitido. 

-¿Por qué tuviste que inventar esa historia? ?me preguntó mi mujer con un ligero tono de reproche, cuando estábamos volviendo a casa?¿Y se puede saber cuándo fue que estuvimos en Chile? ¿Y desde cuándo me llamo Adelina? 

-¿Por qué tuviste que tirarte al piso? -repliqué.? Se reían de nosotros, como si fuéramos una pareja de cómicos. Ahora quedaron mansitos. 

-Me tiré al piso porque estabas tomando vino tinto ?me explicó?. ¿Te acordás de la última vez que te atoraste cuando tomabas vino tinto? Este vestido es nuevo. 

Quedamos unos instantes en silencio. Después, Herminia agregó:

-Me parece que en realidad, sí, somos una pareja de cómicos. 

Ya he dicho que vive haciendo afirmaciones absurdas. Esta vez no quise entrar en otra discusión. 

El Invitado de Pantagruel
Hay (1) comentario Entrevista a Mario Levrero
por Pantagruel
 

 


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2004