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ENTREVISTA A MARIO LEVRERO
por Pantagruel

 

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- Muchos creadores han rendido merecidos homenajes a la mayor de las artes:
la gastronomía. Dígame, estimado Levrero, ¿cuál es su banquete favorito de la literatura, el cine o la pintura?

- Lo único que me viene a la mente es una escena de “Los hermanos Caradura”
(The Blues Brothers), con el finado John Belushi comiendo estilo cerdo.

- ¿Cuál sería el banquete de gala perfecto (si lo prefiere, también podemos considerar una cena romántica) (para contestar la pregunta, desde luego: no entre nosotros…) con que alguien pudiera agasajarlo? Incluya detalles: menú, bebida, vajilla, ambiente general del comedor, música, todo eso…

- Menú: Ensalada de tomates, cebolla y un poco de ajo, más un poquito de sal y mucho aceite de maíz argentino, con un buen trozo de pan francés; churrasco bien jugoso, sin sal, a las brasas de ser posible. El resto no tiene importancia, salvo la compañía, o sea una chica hermosa o por lo menos amable.

- Usted alguna vez clasificó las entrevistas en dos tipos: periodísticas y académicas, y señaló que, para las primeras, sería mucho más interesante si usted, en lugar de escribir, hubiera cometido, por ejemplo, un asesinato. Ésta claramente no es una entrevista académica… Así que dígame, si hubiera cometido un crimen, ¿qué crimen sería?

- Obviamente, el de canibalismo, perpretado en la persona de una chica hermosa o por lo menos amable. Es improbable que suceda, al menos mientras haya abundante carne de vaca.

- Rumores que circulan por ahí afirman que hace un tiempo usted no sabía hacer bien las milanesas. ¿Dónde aprendió el arte de que no se les desprenda la cáscara al freírlas?

- Me niego a responder preguntas interesadas, que procuran el beneficio de los entrevistadores y/o sus familiares.

- Nuestro servicio de inteligencia pantagruélica (S.I.P.) también ha podido confirmar tras un sistemático espionaje a su penthouse de la Ciudad Vieja que a menudo suele convencer a las mujeres que lo visitan de que le preparen la comida, especialmente que le corten los tomates bien finitos, tal como le gustan. ¿De qué recursos se vale –argumentativos, actorales, eróticos, demagógicos, hipnóticos- para lograr tal prodigio reiterado?

- El secreto reside en la apropiada maduración de los tomates; los compro con anticipación de una o dos semanas, los dejo fuera de la heladera, y entonces basta con exhibirlos ante la visita y preguntarle: “¿Te gustaría acompañarme a comer una buena ensalada?”. Si la respuesta es afirmativa, entonces le sugiero que lave los tomates y los vaya cortando mientras yo pongo los mantelitos en la mesa.

- Usted es escritor, imagino que lector, y hasta ha sido librero. ¿Cuál es el libro más extraño que ha caído en sus manos?

- Hay infinidad de libros extraños; pocos de ellos valen la pena. El más extraño que recuerdo de los que valen la pena, se titula “El circo del doctor Lao”.

- Sabemos que para escribir varios de sus libros utilizó el estímulo de una música determinada, según cada obra (Beatles, tango, qué sé yo…) El Portal Fiesta de la Pasta indaga según sus intereses específicos en la conquista del mundo: ¿le ha ocurrido algo similar con el sentido del gusto en relación a su literatura? ¿Es posible que algún libro haya respondido también a ciertos estímulos gastronómicos o a la compañía más o menos constante de alguna bebida, como el café o la grappa o la limonada?

- Todos los libros han recibido el importante estímulo del café. Más importante, si corresponde incluirlo como estímulo gastronómico, ha sido el cigarrillo.

- En el texto que nos envió (Irrupciones 122), señala acertadamente que el vino puede ser de utilidad en el caso de un atorón. ¿Qué otros usos prácticos conoce usted de esta magnífica bebida?.

- En realidad, la bebida ideal en el caso referido habría sido el agua; que fuera vino se debió más bien a una necesidad argumental. En cuanto a los usos del vino, recuerdo que hace unos treinta años estaba sufriendo un prolongado problema de hemorroides, y no había medicación que me aliviara. Una noche pasé por la puerta de una parrillada y el inconsciente me susurró: “Aquí está la solución”. Entré, me senté a una mesa, pedí una porción de chinchulines, un trozo de asado y un vaso de vino tinto. De postre, una buena taza de café negro. Ya al salir del restaurante los síntomas habían desaparecido.

- ¿Qué comida odiaba cuando era niño? ¿Cómo ha evolucionado su relación con ella?

- Odiaba por igual la avena y el arroz con leche. El odio, hasta el momento, no se ha atenuado; más bien se ha acentuado.

- ¿Alguna vez se ha visto a sí mismo como un comilón compulsivo, un borracho o un goloso? O dicho en palabras más elegantes, si nos hiciera el gran honor de unirse a nuestra Cofradía (y aprovecho para cursar formal invitación)… ¿cuál de las tres Ordenes de Cofrades elegiría? ¿La Inmaculada Orden de la Pasta? ¿La Vía Alternativa de la Vid? ¿O quizás La Confitura Revelada?

- Todos y cada uno de los días de mi vida me veo como lo que soy, un comilón compulsivo. Pero me anotaría más bien en alguna Sangrienta Orden de la Carne.

- Su anfitrión Pantagruel agradece, arrodillado por la emoción de su presencia, haberlo tenido como invitado.

- El placer ha sido mío, desde luego. Gracias.



El Invitado de Pantagruel

Hay (1) comentario Irrupciones Nº 122
 

 


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2004