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POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS
por John O'Shea

 

 

Los artilugios a menudo nos dicen cosas trascendentes sobre la naturaleza de una cultura. En una época más sencilla e inocente, los vikingos, cuando triunfaban asolando una región, acostumbraban a hacer brindis, usando como copas los cráneos de sus infortunadas víctimas. Hoy día, la sociedad estadounidense que nos dio el Hip-Hop, el abrelatas eléctrico y la infame dieta “baja en carbohidratos” (vade retro), produce un juego de naipes con las fotos de los “más buscados” de entre sus enemigos del momento. ¿Empalar la cabeza del vencido arriba de la ciudadela, o mostrarla como la jota de corazones? De gustibus non disputandum est…

Estando así, de humor antropológico, me puse a contemplar más de cerca la naturaleza de los artilugios contemporáneos de Estados Unidos, y dada la actual preocupación hacia la acción bélica norteamericana, Dios me perdone, me puse a pensar en el condón.[1]

Considere Usted (lector) la gama de posibilidades profilácticas que hay en el mercado. Hay una sola marca que ofrece, entre otras posibilidades, condones de tipo Súper-seguro, Ultra-seguro, Sensible, Súper-fuerte, Ultra-superiormente-súper-seguro, etc. Todo esto es de veras muy tranquilizador, pero aun así, ante tantas opciones, se me ocurre preguntar: ¿realmente qué queremos de este implemento?

Diría yo, primero, que no se rompa, y luego que no interfieran demasiado con la sensación del miembro viril que lo lleva puesto. Ahora bien, si yo quiero comprar un condón (es este un caso hipotético) y Usted como vendedor me dice: “este es cien por ciento seguro, pero este otro es ultra seguro”, ¿qué debería hacer yo? Bueno, quizá lo más factible es que yo, sin más, compraría rápidamente el modelo más seguro y felizmente me iría a buscar dónde usarlo. Sin embargo, también es dable que piense: “si uno de ellos es más seguro que el otro, entonces la lógica me dice que este último tiene que ser menos seguro que el primero. Es decir, tiene más posibilidades de romperse. Así que, ¿para qué querría comprarlo?” En fin, si Usted estuviera a punto de tirarse de un avión y le ofrecieran la opción de “este paracaídas seguro o este ultra seguro”, ¿cuál escogería?

Pues bien, sabemos, sin temor a equivocarnos, que los representantes legales de la compañía condonera me dirían que no es el caso el que uno de sus productos es menos del 100 % confiable, que todos están electrónicamente probados y que tanto el modelo seguro como el modelo súper-seguro son, en realidad, igual de seguros.

Siendo éste el caso, y no obstante las proclamadas diferencias entre los dos modelos, resulta que yo, de hecho, estoy comprando las mismas propiedades de impermeabilidad en cada uno y, por ende, la elección que hago entre el seguro y el no-más-y-sin-embargo-no-menos-sino-igual-de-seguro-aunque-se-llama-súper-seguro es esencialmente nula. Mi elección, entonces, es una no-elección. Así que, por lo menos en lo de la seguridad, la compañía me está defraudando. Hipotéticamente, digo.

No es este un caso aislado. ¿Compra Usted rastrillos de afeitar desechables para piel sensible o para dama? ¿Acaso los alquimistas de estas empresas han encontrado la forma de templar una hojita de acero inoxidable, para que reconozca no solamente el sexo sino el tipo de piel de sus afortunados compradores? Existen muchos otros casos de este tipo de mercadotecnia de los que podría seguir hablando. Sin embargo, y lamentablemente, se han de sacar conclusiones de todo esto mientras quede espacio.

En resumidas cuentas, ¿qué nos dice todo esto acerca de la sociedad estadounidense y, como consecuencia, de la sociedad moderna en vías de globalizarse? Consideremos el sistema sociopolítico de Estados Unidos tan ensalzado y promovido por sus representantes como la única forma de gobierno moral y éticamente justa: La Democracia Americana.

Primero, la realidad es que Estados Unidos no es una democracia: es una república democrática. Es decir, debido a la impracticabilidad hoy en día de hacer un plebiscito sobre cada decisión gubernamental, el pueblo entrega (los políticos prefieren decir encomienda) el poder de tomar decisiones al gobierno. Por ello, no existen las verdaderas democracias, a imagen de los antiguos griegos que inventaron el concepto, sino una serie de variantes con rasgos democráticos.

Un ejemplo. En Estados Unidos, cada cuatro años, se invita al pueblo a escoger entre dos partidos,[2] representados por los dos candidatos que han logrado reunir la cantidad asombrosa de dinero necesario para postularse a la presidencia; uno de estos personajes gobernará durante los siguientes cuatro años, sin dirigirse a la población en general al tomar cualquier decisión referente a la operación del Estado. A esto se le llama democracia representativa.

Además, no olvidemos que casi la mitad de la población que podía votar en la última elección presidencial no ejerció este derecho, y de aquellos que sí votaron, menos de la mitad votó por George W. Bush, y que él, gracias al funcionamiento de la democracia representativa, ganó la presidencia con menos votos que su oponente, lo cual significa que al menos el 75 % de la población no lo eligió como su presidente. Así que, cuando los medios de comunicación se refieren al "mandatario estadounidense", es falso, porque Bush en realidad no tiene mandato de su pueblo para gobernar.

Asimismo, y no obstante que los gobernantes han estado muy atentos a las encuestas de opinión masiva llevadas a cabo durante su gestión, los efectos concretos de éstas parecen ser mínimos. Por ejemplo, es un hecho que antes de casi todas las intervenciones militares estadounidenses del último siglo, la vox populi mostró a una mayoría del pueblo norteamericano en receloso desacuerdo. Empero, al gobierno le importó un bledo, y prosiguió sus guerras ante la oposición de sus ciudadanos, sabiendo que, una vez en pie de guerra, la mayoría brindaría su apoyo total a “nuestros muchachos”.

Parejamente, pese a que los Demócratas tengan la reputación de ser el partido de la igualdad racial y social, de cuidar a los menos afortunados de la sociedad, y de ser en cierta forma antibelicistas, en el momento en que se los compara con los cuando-menos-abiertamente-rapaces-egoístas-y-repelentes-Republicanos, es difícil discernir mucha diferencia entre ambos. Tanto los Republicanos como los Demócratas son financiados por las mismas compañías fabricantes de armas, proveedoras de comunicaciones y financieras (como Enron y Worldcom, ¡que no se nos olviden tan pronto!)

No es una coincidencia que durante más de cien años, los dos principales partidos del sistema estadounidense hayan instrumentado constante y esencialmente las mismas políticas, fomentado el conflicto armado y logrando la reducción de gravámenes en los sectores más pudientes del país. Los conflictos armados (donde ha estado implicado directa o indirectamente Estados Unidos) de México, Cuba, Puerto Rico, Haití, Granada, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Chile, Colombia, Filipinas, Vietnam, Corea, Laos, Camboya, Libia, Irak, Irán, Egipto, Palestina, Líbano, Somalia, y los demás, gozaron del apoyo tanto del partido Republicano como del Demócrata.

Y más. En los últimos sesenta años, las administraciones demócratas han sido responsables de disminuirle los impuestos a quienes perciben el 30 % de los ingresos nacionales, que representan el 1 % de la población estadounidense y con una reducción en la tasa que – hasta hace poco - ni los Republicanos osaban. A un tiempo, los mismísimos llamados ‘representantes de las clases medias y pobres’, aumentaron los impuestos en precisamente estos sectores de la sociedad americana.

La verdad, al final, es que no importa la bandera política del partido en el poder; Republicanos y Demócratas todo el tiempo favorecerán a quienes vayan a llenar sus “arcas de guerra”, como llaman a sus fondos electorales (feliz simetría), e ignorarán invariablemente la voluntad de sus electores. La situación actual en la ONU es ilustrativa de precisamente esta característica de la política estadounidense traslada a la internacional: “con todo gusto, pasen sus resoluciones, creemos en la legalidad y el libre albedrío. Siempre y cuando sus resoluciones sean las correctas”.

La cruda realidad es que en Estados Unidos rige una plutocracia, y lo hace arbitrariamente, según sus propias necesidades comerciales y políticas, mientras finge -¡ay, con tanto éxito!- defender el derecho de todos a escoger (ya sean condones, rastrillos o partidos políticos). Este es el genio asombroso del sistema político estadounidense: la hegemonía perfecta, la ilusión de elegir.

[1] No hablo del invento, sino de la cosa en sí como parte de la panoplia de productos fabricados por compañías directa o indirectamente estadounidenses. Así que no me vengan con la historia del origen del condón en la China medieval o cosas por el estilo.

[2] Ha habido otros, pero siempre se desvanecen en la recta final.

El Jardín de Epicuro

Tango Filosófico
 

 


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2004