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Los
artilugios a menudo nos dicen cosas trascendentes
sobre la naturaleza de una cultura. En una
época más sencilla e inocente, los vikingos,
cuando triunfaban asolando una región, acostumbraban
a hacer brindis, usando como copas los cráneos
de sus infortunadas víctimas. Hoy día, la
sociedad estadounidense que nos dio el Hip-Hop,
el abrelatas eléctrico y la infame dieta “baja
en carbohidratos” (vade
retro), produce un juego de naipes con
las fotos de los “más buscados” de entre sus
enemigos del momento. ¿Empalar la cabeza del
vencido arriba de la ciudadela, o mostrarla
como la jota de corazones? De
gustibus non disputandum est…
Estando así, de humor antropológico, me puse a contemplar
más de cerca la naturaleza de los artilugios
contemporáneos de Estados Unidos, y dada la
actual preocupación hacia la acción bélica
norteamericana, Dios me perdone, me puse a
pensar en el condón.
Considere Usted (lector) la gama de posibilidades
profilácticas que hay en el mercado. Hay una
sola marca que ofrece, entre otras posibilidades,
condones de tipo Súper-seguro, Ultra-seguro,
Sensible, Súper-fuerte, Ultra-superiormente-súper-seguro,
etc. Todo esto es de veras muy tranquilizador,
pero aun así, ante tantas opciones, se me
ocurre preguntar: ¿realmente qué queremos
de este implemento?
Diría yo, primero, que no se rompa, y luego que no
interfieran demasiado con la sensación del
miembro viril que lo lleva puesto. Ahora bien,
si yo quiero comprar un condón (es este un
caso hipotético) y Usted como vendedor me
dice: “este es cien por ciento seguro, pero
este otro es ultra seguro”, ¿qué debería hacer
yo? Bueno, quizá lo más factible es que yo,
sin más, compraría rápidamente el modelo más
seguro y felizmente me iría a buscar dónde
usarlo. Sin embargo, también es dable que
piense: “si uno de ellos es más seguro que el otro, entonces la lógica
me dice que este último tiene que ser menos
seguro que el primero. Es decir, tiene más
posibilidades de romperse. Así que, ¿para
qué querría comprarlo?” En fin, si Usted estuviera
a punto de tirarse de un avión y le ofrecieran
la opción de “este paracaídas seguro
o este ultra
seguro”, ¿cuál escogería?
Pues bien, sabemos, sin temor a equivocarnos, que
los representantes legales de la compañía
condonera me dirían que no es el caso el que
uno de sus productos es menos del 100 % confiable,
que todos están electrónicamente probados
y que tanto el modelo seguro como el modelo
súper-seguro son, en realidad, igual
de seguros.
Siendo éste el caso, y no obstante las proclamadas
diferencias entre los dos modelos, resulta
que yo, de hecho, estoy comprando las mismas
propiedades de impermeabilidad en cada uno
y, por ende, la elección que hago entre el
seguro y el no-más-y-sin-embargo-no-menos-sino-igual-de-seguro-aunque-se-llama-súper-seguro
es esencialmente nula.
Mi elección, entonces, es una no-elección.
Así que, por lo menos en lo de la seguridad,
la compañía me está defraudando. Hipotéticamente,
digo.
No es este un caso aislado. ¿Compra Usted rastrillos
de afeitar desechables para
piel sensible o para
dama? ¿Acaso los alquimistas de estas
empresas han encontrado la forma de templar
una hojita de acero inoxidable, para que reconozca
no solamente el sexo sino el tipo de piel
de sus afortunados compradores? Existen muchos
otros casos de este tipo de mercadotecnia
de los que podría seguir hablando. Sin embargo,
y lamentablemente, se han de sacar conclusiones
de todo esto mientras quede espacio.
En resumidas cuentas, ¿qué nos dice todo esto acerca de
la sociedad estadounidense y, como consecuencia,
de la sociedad moderna en vías de globalizarse?
Consideremos el sistema sociopolítico de Estados
Unidos tan ensalzado y promovido por sus representantes
como la única forma de gobierno moral y éticamente
justa: La Democracia Americana.
Primero, la realidad es que Estados Unidos no es
una democracia: es una república
democrática. Es decir, debido a la impracticabilidad
hoy en día de hacer un plebiscito sobre cada
decisión gubernamental, el pueblo entrega
(los políticos prefieren decir encomienda)
el poder de tomar decisiones al gobierno.
Por ello, no existen las verdaderas democracias,
a imagen de los antiguos griegos que inventaron
el concepto, sino una serie de variantes con
rasgos democráticos.
Un ejemplo. En Estados Unidos, cada cuatro años,
se invita al pueblo a escoger entre dos partidos,
representados por los dos candidatos que han
logrado reunir la cantidad asombrosa de dinero
necesario para postularse a la presidencia;
uno de estos personajes gobernará durante
los siguientes cuatro años, sin dirigirse
a la población en general al tomar cualquier
decisión referente a la operación del Estado.
A esto se le llama democracia
representativa.
Además, no olvidemos que casi la mitad de la población
que podía votar en la última elección presidencial
no ejerció este derecho, y de aquellos que
sí votaron, menos de la mitad votó por George
W. Bush, y que él, gracias al funcionamiento
de la democracia representativa, ganó la presidencia
con menos
votos que su oponente, lo cual significa que
al menos el 75 % de la población no lo eligió
como su presidente. Así que, cuando los medios
de comunicación se refieren al "mandatario
estadounidense", es falso, porque Bush
en realidad no tiene mandato
de su pueblo para gobernar.
Asimismo, y no obstante que los gobernantes han estado
muy atentos a las encuestas de opinión masiva
llevadas a cabo durante su gestión, los efectos
concretos de éstas parecen ser mínimos. Por
ejemplo, es un hecho que antes de casi todas
las intervenciones militares estadounidenses
del último siglo, la vox
populi mostró a una mayoría del pueblo
norteamericano en receloso desacuerdo. Empero,
al gobierno le importó un bledo, y prosiguió
sus guerras ante la oposición de sus ciudadanos,
sabiendo que, una vez en pie de guerra, la
mayoría brindaría su apoyo total a “nuestros
muchachos”.
Parejamente, pese a que los Demócratas tengan la
reputación de ser el partido de la igualdad
racial y social, de cuidar a los menos afortunados
de la sociedad, y de ser en cierta forma antibelicistas,
en el momento en que se los compara con los
cuando-menos-abiertamente-rapaces-egoístas-y-repelentes-Republicanos,
es difícil discernir mucha diferencia entre
ambos. Tanto los Republicanos como los Demócratas
son financiados por las mismas compañías fabricantes
de armas, proveedoras de comunicaciones y
financieras (como Enron y Worldcom, ¡que no
se nos olviden tan pronto!)
No es una coincidencia que durante más de cien años,
los dos principales partidos del sistema estadounidense
hayan instrumentado constante y esencialmente
las mismas políticas, fomentado el conflicto
armado y logrando la reducción de gravámenes
en los sectores más pudientes del país. Los
conflictos armados (donde ha estado implicado
directa o indirectamente Estados Unidos) de
México, Cuba, Puerto Rico, Haití, Granada,
Panamá, El Salvador, Nicaragua, Chile, Colombia,
Filipinas, Vietnam, Corea, Laos, Camboya,
Libia, Irak, Irán, Egipto, Palestina, Líbano,
Somalia, y los demás, gozaron del apoyo tanto
del partido Republicano como del Demócrata.
Y más. En los últimos sesenta años, las administraciones
demócratas han sido responsables de disminuirle
los impuestos a quienes perciben el 30 % de
los ingresos nacionales, que representan el
1 % de la población estadounidense y con una
reducción en la tasa que – hasta hace poco
- ni los Republicanos osaban. A un tiempo,
los mismísimos llamados ‘representantes de
las clases medias y pobres’, aumentaron los
impuestos en precisamente estos sectores de
la sociedad americana.
La verdad, al final, es que no importa la bandera
política del partido en el poder; Republicanos
y Demócratas todo el tiempo favorecerán a
quienes vayan a llenar sus “arcas de guerra”,
como llaman a sus fondos electorales (feliz
simetría), e ignorarán invariablemente la
voluntad de sus electores. La situación actual
en la ONU es ilustrativa de precisamente esta
característica de la política estadounidense
traslada a la internacional: “con todo gusto,
pasen sus resoluciones, creemos en la legalidad
y el libre albedrío. Siempre y cuando sus
resoluciones sean las correctas”.
La cruda realidad es que en Estados Unidos rige una plutocracia, y lo hace arbitrariamente,
según sus propias necesidades comerciales
y políticas, mientras finge -¡ay, con tanto
éxito!- defender el derecho de todos a escoger (ya sean condones, rastrillos
o partidos políticos). Este es el genio asombroso
del sistema político estadounidense: la hegemonía
perfecta, la ilusión de elegir.
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