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¡QUÉ PERRA VIDA!
Los cínicos en la Grecia Antigua
por Gabriela Onetto

 

Casi cualquiera se ofende si lo tildan de cínico. Y sin embargo, ser considerado un cínico hasta podría ser motivo de orgullo. La clave está en diferenciar el sentido filosófico del término de su sentido popular. Si buscamos en el diccionario, probablemente encontraremos esta palabra asociada a sinvergüenza, procaz, descarado, impúdico, desfachatado, fresco, insolente, desaliñado, despreciativo, caradura, satírico, imprudente, sucio… La letra chica oculta en la línea de diálogo “¡Eres un cínico!” (o sea, una valoración negativa) debería ser algo así como: “Qué descaro, mostrarte tal cual eres y decir lo que piensas en verdad. No tienes máscaras sociales de cortesía ni hipocrecía de conveniencia…¿dónde se ha visto?¡Haces lo que se te antoja y todo te vale!”. En este sentido, lo popular se mueve bastante cerca de lo filosófico: la escuela cínica de la Grecia antigua (siglos IV y III AC) se caracterizó por la transgresión continua, la provocación y los ataques a las tradiciones y los modos de vida en sociedad. Sería apresurado concluir que estos cínicos señores eran como una banda de adolescentes revoltosos detenidos en el tiempo, siempre listos para cuestionar el orden vigente. No, la postura cínica tiene su por qué, es una toma de posición frente a la vida. Pero veamos primero el curioso origen de su hoy tan devaluado mote: allí mismo encontraremos varias pistas.

Hay dos versiones diferentes que explican la palabra “cínicos”, y ambas tienen relación con los fundadores del movimiento. Nótese que “Kynikós” quiere decir “perrunos” en griego; sin embargo, nada parecería más alejado del lúdico y revoltoso mundo canino que un barbudo filósofo en plena reflexión sobre los avatares del ser y la nada. Pero sí, los perros estuvieron ligados al cinismo filosófico desde sus comienzos: Antístenes, el precursor del movimiento, fundó su escuela en las afueras de Atenas con sede en un gimnasio llamado Cinosarges, que significa el perro blanco o el perro veloz. Es probable que -como no pasaban precisamente desapercibidos- los alumnos del ilustre filósofo comenzaran a ser llamados “perros” por ser “los chicos del gimnasio de los perros” (aunque habrá que admitir cierto toque peyorativo en semejante bautizo). La otra versión es más franca: dice que como Antístenes y su discípulo, Diógenes de Sínope (el rockstar de nuestros cínicos, según veremos luego) se comportaban como perros, pues el apodo les estaba muy merecido. Pero ¿qué era lo que tanto molestaba a sus contemporáneos para llamarlos de ese modo? ¿Sería que, como los perros, a veces movían el rabo y otras veces mordían? ¿Y por qué los integrantes de esta enigmática e incomprendida escuela de buena gana aceptaban ser llamados así, sin ladrar siquiera?

Es que para ellos, ser comparados con animales no tenía nada de ofensivo. De hecho, el mundo de la naturaleza era muy superior al mundo de la sociedad humana y sus leyes arbitrarias. Despreciaban las convenciones y el placer, buscaban la libertad en todas sus formas y aceptaban el apodo de perros porque era el símbolo de su desvergüenza y su sencillez, de ese “vivir como un perro en el medio de la pólis”. Los animales son el mejor ejemplo de uno de los ideales cínicos más preciados, la autosuficiencia, pues tienen pocas necesidades y se adaptan rápidamente a las circunstancias. Pero para que un ser humano pueda lograr esa ansiada autosuficiencia frente a una sociedad que lo aliena y lo coacciona, tiene que vivir de manera sencilla, austera, lejos de todo lo que lo angustie, aceptando sólo deseos que pueda satisfacer fácilmente y adaptándose con indiferencia a lo que le depare la vida. En esta tranquilidad de ánimo estaba la felicidad del cínico. Su postura filosófica frente a un mundo en crisis, lleno de incertidumbres y malestares, es claramente un modelo ético, una guía para la vida, pero antes que nada una respuesta individual. Por ejemplo, le daban gran importancia a la práctica de ejercicio físico, pues consideraban que la disciplina ayuda a endurecerse para soportar los imprevistos, la intemperie o cualquier adversidad que se atraviese en el camino. Eran abstemios, no se interesaban en las posesiones materiales (“conserva sólo lo que salvarías en un naufragio”), alertaban en contra de los apetitos artificiales que nos esclavizan y reclamaban un retorno a una forma de vida natural, más simple. Quizás a nuestras contemporáneas sociedades de consumo les vendría bien una inyección de cinismo antiguo para sanar sus males.

Claro que muy a menudo se pasaban de la raya. Diógenes de Sínope, el personaje más pintoresco que diera la filosofía antigua, solía vivir en un barril y armar todo un tinglado transgresor en sus inmediaciones. Se le atribuye escupir a la gente, hablar a favor del incesto y del canibalismo, masturbarse en público, orinar encima del transeúnte, comer carne cruda, además de un sinnúmero de “performances”, características del modus operandi de los cínicos. Todos estos actos eran contestatarios, una protesta implicita contra la civilización y sus convenciones. Llevaba un candil encendido en pleno día, y si le preguntaban decía que estaba buscando un hombre honesto. Se cuenta que estaba Diógenes comiendo su acostumbrado plato de lentejas cuando Arístipos de Cirene, un filósofo muy acomodado en las altas esferas, le dijo: “-Si aprendieses a adular al rey, no precisarías reducir tu comida a un plato de lentejas”. A lo que Diógenes contestó: “-Y tú, si aprendieses a satisfacerte con un plato de lentejas, no necesitarías adular al rey”.

Pero la anécdota más grandiosa de Diógenes lo encuentra descansando en su tonel, o en el mercado, o en las afueras de Corinto (la exactitud histórica no es el fuerte de los fragmentos que hemos heredado), cuando junto a él se paró un admirador más que especial: Alejandro Magno, el gran conquistador. Alejandro le dijo a Diógenes que pidiera lo que quisiera pues se lo concedería (¡el amo del mundo, el más poderoso entre los poderosos!). Y el filósofo lo miró con una velada sonrisa, y le dijo simplemente: “Hazte a un lado. Me tapas el sol”.

Los cínicos vieron el mundo material con burla y desprecio; su identidad se afirmaba sobre otros pilares que los de sus contemporáneos, y para sacudirlos, para hacerlos pensar, buscaron llamarles la atención con excentricidades e insolencia. Hoy, llamamos cínicos a aquellos que desconfían de la naturaleza humana y sus motivos, a los misántropos, a los idealistas decepcionados, pero detrás del nombre hay una gran fuerza crítica y cuestionadora capaz de ignorar emperadores, de despreciar fortunas, de renunciar al mundo hasta la marginalidad. Así que en tanto se trate de exponer las tonterías de la humanidad y de los tiempos que corren, habría que advertir como en el célebre letrero de Pompeya, “Cave Canem”: ¡Cuidado con el Perro!

 

El Jardín de Epicuro
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2004