Por consecuencia normal de la domesticación del placer físico, o por la cristianización
del Imperio Romano, o también por culpa de Platón (y de sus principales amanuenses,
Pablo, Plotino y Agustín) se tiende a diferenciar el apetito de la carne y las
aspiraciones del espíritu. En algún punto, este dualismo se sostiene con gran
dificultad. Quiero llamar la atención sobre tres ejemplos (mejor dicho, tres variaciones
del mismo ejemplo). En un pasaje de Plutarco (3.655 e) se puede leer que el vino era el
causante de que, en la fiesta del Agrai, se abrieran las tumbas a fin de que los
espíritus regresaran a la polis para un banquete. El origen de esta admirable conjetura
se encuentra en dos costumbres de gran arraigo en la cultura griega: el symposium (o
banquete) y la celebración de Misterios. Ambas festividades (una primordialmente profana
y la otra principalmente sagrada) mezclaron sus realidades, hasta el punto de que Platón,
no sin incredulidad, llegó a afirmar que a los iniciados en los Misterios órficos
(República, 2, 363 c-d):
los llevan al Hades, coronadas sus cabezas [de laurel], les preparan un banquete de
santos y les hacen pasar todo el tiempo embriagados, con el pensamiento de que la
retribución más bella de la virtud es una borrachera eterna.
Ulteriormente, esta confluencia de celebraciones tendría una autoridad decisiva. Más
aún, en notable contraste con el idealismo de la Patrística, cuando el Cristo realiza
una cena con pan y vino, llevan casi dos milenios celebrándose de manera puntual -y
asombrosamente influyente- ceremonias religiosas nocturnas con cereales y fermento de la
uva, en toda la cuenca mediterránea; estos ágapes (o su simbolismo) eran a la vez elogio
y sublimación de principios tangibles. De hecho, Jesús, en la premonición de Su hora,
profetizó para todos los convidados, el mismo júbilo, haciendo eco de la promesa órfica
(Mateo 26:29, Marcos 14:25, Lucas 22:18):
Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día
en que lo beba, nuevo, con ustedes en el reino de mi Padre.
Cristo, Mitra, Dionisos, Isis, Perséfona, Orfeo: mueren y resucitan, viajan al
submundo y suben apoteósicamente a la vida; los iniciados en estos cultos podían,
reconciliados, prever su -nuestro- fatal destino. El tema de la muerte, dice Mircea
Eliade, es uno: el del eterno retorno. En todas las religiones conocidas, la muerte no es
otra cosa que un tránsito: sólo un momento, aunque muy significativo, del Gran
Movimiento Cíclico. En las religiones agrícolas se ha dado en llamarla 'misterio'
vegetal. La mayor parte de los mitos agrarios (y aun los de algunos recolectores) hablan
en los mismos términos: dioses inmolados que renacen, o son, como una planta y que, en
ocasiones, son ingeridos en convites periódicos. Con todo, y como se ha apuntado, no
sólo la contemplación de la muerte, sino la muerte misma, conduciría a un deleite
presencial, terrenal y, en los casos expuestos, simposíaco. Quizá para el alma lo mejor
sea, en aquel tránsito, el regreso a los éxtasis corpóreos en los que cumple sus más
importantes designios. "Todo goce vive gracias al espíritu" ha escrito
Ernst Jünger (Acercamientos. Drogas y Embriaguez). @
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