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LINGÜINI CELESTIAL
por John O’Shea y Augusto Nava
..te ha alimentado con maná... para que aprendieran que no sólo de pan vive el hombre...
Deuteronomio, 8:3

... e hizo llover sobre ellos el maná para comer; les dio el trigo de los cielos. 
Salmo 78:23-25 (1)

El texto que presentamos a continuación fue divulgado en una sesión de la Inmaculada Orden de la Pasta, antes de servir los alimentos; se publica ahora, con algunas variantes y el mínimo aparato crítico.


Señoras y Señores:

A lo largo de la historia hay reportes de que han llovido cosas raras, principalmente peces y ranas. En 1844, en Inglaterra, se cuenta de una tormenta de ranas en la que la cantidad de anfibios fue tan sustanciosa que la gente pudo llenar con ellos sus sombreros. Así mismo, en Londres, en 1984, llovieron platijas (Pleuronectes Platessa). Sin embargo, y hasta donde sabemos, ninguna de estas lluvias insólitas parece haber tenido algún propósito, como alimentar a los necesitados, ni, a su vez, ningún pueblo oprimido fue liberado, ya sea por los ingleses ni por cualquier otro poder imperialista. Por lo general, la explicación de esto es que una tromba, un tornado o, por lo menos, un gran viento, agarró a estas pobres criaturas para luego depositarlas encima de la desprevenida chusma.

Sin embargo, la Santa Biblia nos ofrece otra versión, en la cual las lluvias anacuáticas señalan la liberación de una raza entera de la servidumbre, y luego sirven para alimentar a los bien librados. Hay constancia bíblica de que una serie de fenómenos meteorológicos acompañó al drama del Éxodo. Además de plagas de langostas, moscas y ranas, hubo tormentas de arena, granizo y relámpagos fulminantes, que por fin llegan a convencer al Faraón de la sabiduría de liberar a los hebreos. También, en la Sacra Scriptura aparecen un “pilar de fuego” y una nube que fungen como guías en el desierto, además de un viento tan grande que resultó capaz de partir el Mar Rojo por la mitad. Asimismo, y por supuesto, está el maná, que les cayó del cielo y que les sirvió de alimento.

Este último punto es el más notable. Los autores de la Biblia no mencionan la pasta de manera explícita, pero sus descendientes, los eruditos árabes, sí. El geógrafo Al Idrisi (1,100-1,166 d. de C.) hace mención de una variedad con el nombre de itriyah –tiras de sémola– que fue producida por los árabes de Sicilia (en: Kitab nuzhat al-mushtaq fi ikhtiraq al-afaq, es decir, El placentero viaje de alguien deseoso de recorrer los climas del mundo).

No se sabe cuándo los árabes comenzaron a valerse de la pasta, pero es razonable suponer que la referencia de Al Idrisi es tardía: la pasta debió existir mucho antes (y, sobre todo, mucho antes que el pan). Los indicativos arqueológicos demuestran que los pueblos del Cercano Oriente preparaban pasta unos millares de años antes del nacimiento de Jesucristo, y ¿qué es el pan más que una cantidad de masa de trigo para pasta invadida por el hongo de levadura? El pan es la pasta accidentada. 

Así que, aunque los árabes sicilianos eran más bien citadinos, no es difícil imaginar que sus ascendentes, los conquistadores, llevaban grandes cantidades de itriyah para sostenerse durante sus audaces travesías desérticas. Para un pueblo nómada, las ventajas de esta forma de conservar el trigo son evidentes: la caducidad extendida, la facilidad de transporte y el modo casi instantáneo de preparación. Por lo tanto, no sería un disparate conjeturar que los ancestros primordiales de los semitas también tenían sus alforjas llenas de pasta cuando salieron de la ciudad mesopotámica de Ur en la caravana de Abrám rumbo a Canaán, hacia el año 2100 a. de C.

Abraham –como su dios lo nombró subsecuentemente– se dirigió hacia el desierto respondiendo a una sugerencia perentoria de la deidad. Algún tiempo después (700 años, según la cronología bíblica), sus descendientes, los hebreos, se encontraron en una situación análoga tras abandonar los antros de perdición egipcios. Sin embargo, mientras Abraham había logrado completar su viaje en un año, su prole complicó la situación con su testarudez al momento de cumplir las órdenes. Castigados por haber titubeado en lugar de lanzarse a conquistar la Tierra Prometida, se vieron obligados a volver al desierto de donde acababan de salir, para quedarse ahí cuarenta años más. 

Eran cuatro decenios durante los cuales el Pueblo Elegido vivió duras penas, privaciones, aflicciones, angustias y hambre. Sin embargo, y habiéndolos elegido, resultaba que YHVE –como eventualmente confesó que se llamaba– no estaba dispuesto a dejarlos morir de inanición en el desierto. Según los libros de Éxodo (capítulo 16) y Números (capítulo 11), YHVE les mandó comida, que caía del cielo y que tenía un color como de “resina”. El nombre que le dieron era maná, que significa “¿qué es esa cosa?”. 

A lo largo de los siglos, muchos insatisfechos y escépticos comentaristas se han esforzado en explicar el maná de forma “racional”. Actualmente, la explicación con más aceptación (2) concierne a un arbusto llamado el tamarisco –o taray– y las secreciones de ciertos insectos sobre el mismo. El producto sería una sustancia con apariencia similar a la del pan. Sin embargo, el asombro de la incipiente nación judía, como está descrito en la Biblia, no parecería justificado por algo tan mundano como la aparición de frutos en plantas. Además, existe la insistencia bíblica acerca de la llegada aérea del comestible. 

Por supuesto, es muy posible que la idea de “comida del cielo” sea metafórica, y que el maná vino del más allá de una manera más bien indirecta y figurativa. No obstante, cabe la explicación, no insólita, de que el maná fuera, sencillamente, pasta seca. Pero, una cosa más: ¿cómo es que llegó del cielo? 

¿Cómo pasó? Ya hemos hecho mención de las impredecibles condiciones atmosféricas que marcaron los supuestos eventos del Éxodo, incluyendo las tormentas eléctricas y arenosas. Es sumamente probable que la nube que guió a los huidos hacia el Mar Rojo fue una especie de tolvanera, que en algún momento se convirtió en una tormenta suficientemente grande para ocultar a los hebreos de sus perseguidores. 

Así que atendiendo al sentido común, permítasenos montar la siguiente recreación (3): 

Era una mañana típica de aquellas que caracterizaron la huida israelita. El sol inmisericorde azotaba las largas colas de humanidad sufriente, mientras serpenteaban por la tierra baldía que yacía entre ellos y su libertad. Miles de personas [véase la nota 3] agotadas y aterrorizadas se arrastraban hacia el horizonte, al noreste, poblado de bailantes tolvaneras: Allá fue su salvación; allá los odiados egipcios nunca les osarían seguir.

La larga caravana fue organizada en secciones por sus líderes, Moisés y Aarón. Los hombres capaces de portar armas se concentraban en la retaguardia, para repeler a los nefastos esclavistas egipcios, aunque desde luego había grupos de recios jóvenes para proteger los flancos con sus jabalinas largas. También había un destacamento de milicianos alrededor de la recua de abastecimiento, para ahuyentar a aquellos que carecían de la abnegación suficiente para aguantarse hasta la hora de comer, puesto que la comida estaba, por razones obvias, estrictamente racionada. 

Durante las escalas inevitables para dormir, era práctica común erigir tiendas también para las provisiones, con el fin de permitir que los animales de carga descansaran. Estas carpas se situaban aparte, con su falange guardián, para evitar cualquier exceso de entusiasmo hambriento. Así que, en el día en cuestión, no estaban a la vista para la mayoría de los nómadas, estando ocultas por detrás de unas rocas.

Bueno, resulta que, durante uno de estos períodos de descanso, un remolino especialmente potente se metió entre estos almacenes de lona y los lanzó al aire. La mayoría de la comida que albergaban era pasta, y ésta fue chupada hasta el centro de la tormenta y regurgitada sobre el atónito pueblo esparcido por el desierto abajo. Puesta su disposición natural para acreditar cualquier evento inexplicable a la agencia de YHVE, los hambrientos israelitas decidieron que sus peticiones por más rancho, aunque ignorados por sus líderes, fueron respondidas por su dios. Además, a Moisés, le parecía muy conveniente sustentar esta interpretación, dado que él era el principal representante del Todopoderoso. Cualquier guardián que sugiriera otra explicación fue persuadido a callarse. Y así fue que llegó el maná del cielo.

-¿Y el pilar de fuego? 

-Lo más probable es que fuera uno de esos depósitos oleaginosos que incluso hoy día abundan por aquellos lugares. Quizá se encendió por un relámpago, o bien pudo ser por las depredaciones del ejército opresor. @


John O’Shea, Augusto Nava Mora, 2004 ©


1 Biblia de América, edición popular

2 Aparte de la de que YHVE causó que lloviera alimento, lo cual es la explicación preferida de un 40 % de la población estadounidense, mismos que creen que la tierra tiene menos de 5000 años de edad.

3 “Nos hemos tomados algunas libertades con la estructura temporal del relato Bíblico, así como todos los números, cantidades, etc. puesto que no confiamos en los editores subsecuentes del relato. Nos inclinamos a creer que cualquier referencia numérica (cuarenta años, etc.) sufre de asociaciones cabalísticas posteriores”. Nota de los Hermanos Exégetas. 
 

 

 

La Inmaculada Orden de la Pasta
... hay introducciones que tienen vida propia...
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2004