¡Hola otra vez! Mis queridos colegas en el difícil
arte de vivir.
Hoy quiero referirme al kinoto, también conocido como kumquat, naranja enana de la china,
y ¿quién sabe con qué nombre lo encontraréis en el mercado?
¡Ah! ¡El MERCADO! Recordadme que algún día hablemos de él...
Pero hoy: EL KINOTO En todo caso, se trata de un cítrico del género Fortunella,
aparentemente originario de China, o de Vietnam, dependiendo del autor que se consulte.
Lo cierto es que el botánico inglés Robert Fortune (¿os suena lo de
"Fortunella"?) lo descubrió en China a mediados del siglo XIX
Al final del artículo incluí algunos datos inútiles con la intención de describir
"científicamente" estas raras frutas. Pero en la práctica nos enfrentamos a
unas frutitas que parecen naranjas enanas... lo cual justifica que algunas personas la
llamen así.
Durante muchos años, fueron solamente un nombre seguido de números, en la
estadística sobre comercio internacional de vegetales que manejo en mi vida profesional.
Jamás había visto uno, ni me interesaba verlos.
Hasta el día "K"
Ese día llegué a casa, y encontré que mi madre había comprado un puñado de
ridículas naranjitas.
Sorprendentemente, el precio era más ridículo aún que el tamaño de los tales
corpúsculos. Algo así como 30 centavos de dólar por kilogramo, un precio totalmente
fuera de lugar para una de las ciudades más caras del universo, como es Montevideo.
- Kinotos - me dijo, con aire de divertido desprecio.
- Kumquats, Fortunella spp. - respondí
Nos miramos interrogantes.
La fruta estaba ya lavada, así que tomé una con el mismo cuidado que si manipulara
una ojiva nuclear.
Permitidme una pequeña digresión:
Esto de lavar la fruta y verdura, es una cuestión primordial.
Pongámoslo en su justo punto. Vivimos en una sociedad por demás escéptica, sarcástica
y falta de fe, que le busca la quinta pata al gato en cada oportunidad que puede.
¿Por qué creer que la fruta y verdura viene limpia?
¿Alcanza con comprarla coquetamente empaquetada en bandejitas, cajitas y envuelta en
algodones?
¿Alcanza con que nos juren y perjuren que el productor y la cadena de distribución
cumplen la norma ISO quince mil millones?
¡Por favor!
Un adulto lo suficientemente desencantado de la vida y de sus semejantes como para dudar
de la moral del ministro de economía... ¡no debería ser tan cándido cuando de la
higiene alimentaria se trata!
Por tanto, los vegetales deben lavarse cuidadosamente, y desinfectarse sumergiéndolos
media hora en hipoclorito de sodio a 500 ppm
¿Hipoclorito de sodio?
Para aquellos que nacimos y vivimos en la ex provincia cisplatina, eso se reduce a un
chorrito de agua jane en un balde de agua.
Para aquellos que no están al tanto de las costumbres de esta bendita tierra, aclaro que
no es agua "jein" (como la novia de Tarzán), sino "JANE", a lo
bestia.
Y es famosa aquella anécdota de Tarzán, que al volver a casa sudoroso y sediento,
exclamó "¡Agua, Jane!", y la dama en cuestión le contestó: "Agua Jane
no hay, pero tengo Detersil... ¿te sirve igual?"
O sea, os insto cariñosamente a que controléis vuestra audacia, y lavéis como Dios
manda los vegetales.
Volvamos al Kinoto que sostenía entre el pulgar y el índice de mi mano derecha.
Era un adminículo realmente intrigante.
Al tacto resultaba blandita y suave.
Pelarla parecía improcedente en una fruta de ese tamaño.
¿Morderla? ¡Qué diablos! Lo peor que podría suceder era escupirlo...
Y, valientemente, la mordí.
La cáscara no es tan asquerosa como la de naranja, que personalmente, me repugna en todas
sus formas.
La pulpa es casi inexistente, y la mayor parte del interior está compuesto por semillas y
las membranas que separan los gajos.
El jugo es infinitamente mas ácido, amargo y corrosivo que el de cualquier limón que
haya probado.
Mi madre, al ver mi expresión, se rió impunemente.
Entendí, entonces, su divertido desprecio: obviamente ya había probado una de esas
diminutas porquerías.
Una duda se abrió paso a través de mi espíritu: ¿Por qué alguien compraría una cosa
semejante a precio de oro, importada desde las antípodas? Ni Dios lo sabe.
El episodio terminó con que mi madre hirvió las demoníacas frutitas en agua y
azúcar. El almíbar resultó exquisitamente delicado y perfumado. Pero los corpúsculos
infernales permanecieron incomibles.
Tiempo después, cuando nos iniciábamos en el negocio gastronómico con increíble
inocencia, mi socio, que además de ser un tipo espectacularmente guapo, es el amor de mi
vida, apareció en la cocina con unos tres o cuatro kilogramos de kinotos.
Estaba a punto de recriminarle la compra de esa inutilidad, cuando vi que se los comía
con innegable placer.
- Pero, mi vida... ¿para qué queremos tantos kinotos? - pregunté, sustituyendo la
filípica que tenía atragantada.
- Algo inventarás -me respondió con la mirada de absoluta confianza, que hizo que me
enamorara de él en primer lugar, y a veces me hace dudar de la salud mental de los dos.
¿Qué podía hacer?
Los lavé, y mientras los remojaba en desinfectante, preparé la olla grande para
hervirlos con azúcar.
De pronto, veo a la cocinera en el momento de volcar los kinotos y el enjuague clorado en
la olla...
- ¡No...! - atiné a gritar en el último segundo, al estilo de los comerciales de AXN.
Le saqué el recipiente de las manos...
- Tiene hipoclorito - aclaré muy seria. Y le expliqué como lavar la fruta, ¿os suena
conocido?
En resumen, desde ese día, puedo aseguraros que las cosas se hacen como es debido, al
menos en lo que al lavado se refiere.
Y el dulce fue un éxito, que utilicé en infinidad de preparaciones como sustituto de
otros dulces, mermeladas y jaleas.
Recuerdo la primer tarta de kinotos.
Una de nuestras mejores y más consentidas clientas la vió. Y luego de preguntar ¿qué
es eso? tomó una porción. Al primer bocado, su reacción fue clarísima: "Esto es
horrible", dijo alto y claro. Más tarde ese día, volvió y compró más de esa
"cosa horrible", que ahora es un éxito.
Durante la investigación previa a éste artículo, encontré un autor que opina que
"no creo que el kinoto sirva más que para preparar mermelada"...
Pero, yo me atrevo a deciros, que si los tratáis con amor, pueden convertirse en algo
muy importante en vuestras vidas.
Me despido... ¡Qué la buena comida os acompañe!
|