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La última Pascua, me dio oportunidad de meditar
sobre varios temas de profundo impacto en
nuestras vidas: la tradición, el ser nacional,
la piqueta fatal del progreso y el globo en
que hemos convertido este simpático planeta.
Lo de globo, va por aquello de la globalización,
claro está. Mientras los grandes cerebros
de la especie se desgranan en odas al "libre
movimiento de personas, bienes e ideas",
a veces me gusta más el sarcasmo de aquél
ciudadano que lo definió como "la capacidad
humana de convertirlo todo en un globo".
O hacerlo pelota, que es casi lo mismo.
Pero ¡vayamos a por ello!
La Pascua trae consigo el revival de uno
de mis enemigos más acérrimos: EL BACALAO.
Todo comenzó allá por los 70's.
En mi primera infancia, vivía yo en Florida...
Aclaro que esto no es en EEUU, como muchos
podrán pensar, sino a cien kilómetros al norte
de Montevideo. Como detalle curioso cabe destacar
que en aquellos días nuestra nacionalidad
era "oriental", cosa que, en algún momento
esto cambió a "uruguayo". Es interesante,
que luego de haber planteado la inquietud
a varios compatriotas, no sólo no pude averiguar
cuándo sucedió esto, sino que muchos ni siquiera
se enteraron del hecho.
En primera instancia, esto es solamente una
curiosidad, pero bajo una óptica un poco más
amarga arroja ciertas sombras sobre la identidad
nacional: hace treinta años nadie habría confundido
Florida con Miami, ni era extraño decir que
la nacionalidad era oriental.
Volviendo a aquellos días, la Pascua era
magnífica. Y existía esta cosa desconocida
y misteriosa, que solo comían los iniciados
en las artes oscuras, y únicamente en viernes
santo. Lo mantenían rodeado de todo un ritual
secreto que demandaba varios días de preparación.
El bacalao del viernes santo personificaba
la quinta escencia del espíritu místico de
la festividad.
No se por qué, pero jamás llegué a probarlo.
En su lugar, mi madre me preparaba unos pastelillos
de papa, mayonesa y sardinas. Tengan en cuenta
que en aquél tiempo no era nada fácil conseguir
pescado a cien kilómetros del agua más cercana.
Todo se reducía a sardinas enlatadas, bacalao
en viernes santo, o pescar mojarras en "la
calzada". Es comprensible que esperara con
fruición el "ayuno" del viernes santo, oportunidad
casi única (junto con navidad y año nuevo)
de conseguir las sardinas con papas y mayonesa.
En 1978, se acabó lo que se daba, por decirlo
de alguna manera. La familia se mudó a la
gran metrópolis. Y en la semana santa de 1979
el bacalao declaró la guerra.
Descubrí que una de las principales desventajas
de vivir en la gran ciudad, es que no hay
suficiente espacio para que se disipen los
malos olores.
Todo comenzó inocentemente después de carnaval.
De pronto apareció un extraño hedor en los
almacenes, que crecía día a día, hasta que
fue imposible pasar por las veredas de los
comercios. Y esa irrespirable situación tuvo
su climax en la semana santa, cuando cientos
de miles de ollas se llenaron de pescado en
remojo y, más tarde, de pescado hirviendo.
Recuerdo que pasé dos días horribles en que
TODO, hasta las almohadas, apestaba a bacalao.
No había como huir del hedor, ni lugar dónde
ocultarse.
No logré un segundo de paz hasta que el domingo
de Resurrección, amaneció con el mucho más
agradable humo del asado a las brasas.
Claro que también en esto es importante el
elemento tamaño. Una cosa es el humo de un
asado a las brasas... Pero el humo del asado
para un millón y medio de personas... ¡también
puede ser molesto!
Como sea, los siguientes veinte años fui
la enemiga número uno del bacalao. Y en ese
tiempo, a medida que yo me hacía mas grande
y fuerte, el bacalao ¡a Dios gracias! Se hizo
viejo y debilucho.
La piqueta fatal del progreso, convirtió
aquellos recios pedazos de madera que debían
ser remojados 48 horas y hervidos varias veces,
en unas esponjitas blanduzcas incapaces de
espantar a nadie.
Configurando una excepción que confirma la
regla. Una mosca blanca.
El inevitable proceso de decadencia en la
calidad de un producto, para favorecer la
reducción de costos y llegada a un
público masivo, por un error del destino,
es una ventaja.
Y uno, que es renacentista, humanista, librepensador
y asiduo de la buena comida, buena bebida
y, en general de la buena vida, se saca el
sombrero y humildemente dice: "menos mal que
este bacalao es una baratija ordinaria, porque
si fuera del bueno, me lleva a la tumba..."
A la vejez, y gracias al adelanto tecnológico
que convirtió al bacalao, de cosa buena pero
horrenda, en baratija tolerable, he logrado
mi lugar en la tradición.
Un par de semanas antes de la Pascua, mientras
revisaba la montaña de bacalao en el supermercado,
en busca de la pieza perfecta, me vi interrumpida
por una pequeña de tres o cuatro años. - ¡Papá!
¿qué es esto? - repetía sin cesar, cada vez
más alto y claro, al tiempo que "papá" se
hacía el sordo y leía la etiqueta de una lata
de sardinas como si fuera la palabra de Dios.
No voy a negar que sentí cierta piedad por
el pobre hombre... pero la tentación era demasiado
fuerte.
Tomé el pedazo de bacalao adecuado (aunque
hay eruditos que dicen que el bacalao elije
al comensal y no el comensal al bacalao) y
con toda maldad, ante el horror del indefenso
padre, le dije a la pequeña:
- Eso es bacalao, y únicamente se come en
Viernes Santo...
Y... colorín colorado, este cuento se ha
acabado... porque tengo que ir a cambiarle
el agua al pescadillo de marras.
Por cierto, parafraseando a Julio Iglesias
hay muchas formas de preparar el bacalao,
pero aquí les dejo dos que a mi me parecen
relativamente comestibles:
Siempre empezamos poniendo en remojo el bicho.
Dependiendo de la calidad (y esperamos encontrar
el más ordinario que se pueda), esto lleva
desde unas seis horas y 48 horas, cambiando
el agua cada dos o tres horas. Cuando aflojó
y se ve blandito e hinchado, se puede poner
a hervir, en agua limpia, claro está. La cocción
mínima es de unos 20 minutos, y después hay
que ir probándolo, para que quede al gusto
del cocinero de turno. Cuando empieza a desarmarse,
en general está listo.
Una vez cocido, hay que desarmarlo para buscarle
las espinas. Con suerte, no tendrá muchas,
pero hay que sacarlas antes que alguien se
las trague en un mal momento.
Cuando ya se tiene este picadillo, empezamos
a preparar, realmente, la comida.
Una opción, es hacer una especie de ensalada
con vinagre, limón, especias, aceitunas, alcaparras,
huevo duro, nueces, ajíes picantes, pasas
y todo aquello que os guste. Es buena estrategia,
ir probando de a poco, para ver en donde dejar
de agregarle ingredientes.
La opción más tradicional, es preparar una
base para estofados, con un sofrito de cebolla
y ajo, al cual se le agrega tomate y cuanta
especia tengamos a mano. Cuando la salsa de
base está pronta, se agrega el bacalao ya
listo y papas picadas en cubitos del tamaño
de los trocitos de pescado. La idea es que
quede una especie de guiso acuoso, o ensopado
espeso.
Ninguna de las preparaciones lleva sal, gracias
a que el pescado ya es salado.
En el norte de Europa, lo hornean (sin cocción
previa) con papas y salsa blanca. Esto es
muy similar a una preparación portuguesa.
También sirve para preparar buñuelos,
sopas, rellenos...
Puede hornearse y prepararse a la plancha
en filetes.
¡En fin! Si atacáis la cuestión
del bacalao... ¡que la buena comida
os acompañe!
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